Un faro cultural

noviembre 24, 2006

EL OLOR DE LA POBREZA

MARIO VARGAS LLOSA

Hace tres años, en un viaje por tierra de Lima a Ayacucho, paramos en medio de una pampa, en lo alto de la cordillera, en una aldea donde había un pequeño puesto de policía. Le pedí al oficial que me permitiera usar su baño. "Desde luego, doctor", me dijo, muy amable. "¿Quiere usted miccionar o defecar?". Le repuse que lo primero. Su curiosidad era académica porque el "baño" del puesto era un corralón a la intemperie donde micciones y defecaciones se confundían entre nubes de moscas y una pestilencia de vértigo.
Este recuerdo me ha acompañado sin tregua mientras, tapándome a ratos las narices, hojeaba las 422 páginas de un reciente informe publicado por las Naciones Unidas titulado "Más allá de la escasez: poder, pobreza y la crisis mundial del agua". El prudente título y la fría y neutral prosa burocrática en que está redactado no impide que este extraordinario estudio, inspirado sin duda en la sabia concepción de la economía y el progreso de Amartya Sen -un economista que no cree que el progreso consista en estadísticas-, estremezca al lector enfrentándolo con tanto rigor como crudeza con la realidad de la pobreza y sus horrores en el mundo en que vivimos. La investigación que han llevado a cabo Kevin Watkins y su equipo debería ser de consulta obligatoria para todos quienes quieren saber lo que son el subdesarrollo económico y la marginación social en términos prácticos y los abismos que separan a estas sociedades de las que han alcanzado ya medios y altos niveles de vida.
De esta lectura, la primera conclusión a la que llego es que el objeto emblemático de la civilización y el progreso no son el libro, el teléfono, el Internet ni la bomba atómica, sino el excusado. Dónde vacían su vejiga y sus intestinos los seres humanos es el factor determinante para saber si están todavía en la barbarie del subdesarrollo o han comenzado a progresar. Las consecuencias que tiene en la vida de las personas este hecho simple y trascendental son vertiginosas. La tercera parte de la población del planeta -unos dos mil seiscientos millones de personas-, cuando menos, no sabe lo que es un excusado, una letrina, un pozo séptico, y hace sus necesidades, como los animales, al pie de los árboles, junto a arroyos y manantiales, o en bolsas y latas que arroja en medio de la calle. Y unos mil millones utilizan para beber, cocinar, lavar la ropa y su higiene personal, aguas contaminadas por heces humanas y animales. A ello se debe que por lo menos dos millones de niños mueran cada año de diarrea y que enfermedades infecciosas, como cólera, tifoidea y parasitosis, causadas por lo que el informe llama eufemísticamente "carecer de acceso al saneamiento", devasten enormes sectores de África, Asia y América Latina y sean la segunda causa de la mortalidad infantil en el mundo.
En un importante barrio de Nairobi (Kenya) llamado Kibera está generalizado el sistema de los llamados "inodoros volantes", bolsas de plástico que la gente utiliza para hacer sus necesidades y que luego arroja por los aires a la calle (de ahí el apodo). Esta práctica motiva que el nivel de enfermedades infecciosas en el barrio sea altísimo. Aquellas golpean sobre todo a los niños y a las mujeres. ¿Por qué a éstas? Porque como son ellas las que se ocupan sobre todo de la limpieza hogareña y del acarreo del agua están más expuestas que los hombres al contagio.
En Dharavi, un sector populoso de la ciudad de Mumbai, en la India, hay un solo váter por cada 1.440 personas, y en la estación de las lluvias el agua que inunda las calles convierte a éstas en ríos de excrementos. La abundancia del líquido elemento es, en este caso como en el de muchas ciudades del tercer mundo, una tragedia, porque, dadas las condiciones de existencia, el agua, en lugar de ser la vida, es muchas veces el instrumento de la enfermedad y la muerte.
Y, sin embargo, paradójicamente, el problema del agua, inseparable del saneamiento, es acaso el principal que mantiene a los hombres y mujeres prisioneros del subdesarrollo. Los datos del informe son concluyentes. Cuando tienen agua, se trata por lo general de aguas servidas, que acarrean toda clase de bacterias y males que los enferman y matan, pero, en la mayoría de los casos, la pobreza condena a los pobres a una sequía que es todavía más catastrófica para su salud y sus posibilidades de mejorar sus condiciones de vida. Una de las demostra-ciones más chocantes de la investigación es que los pobres pagan mucho más cara el agua que los ricos, precisamente porque los pueblos y barrios donde viven carecen de instalaciones de agua y desagüe y tienen que comprarla a aguateros o servicios comerciales pagando precios exorbitantes. Así, por ejemplo, los habitantes de los barrios pobres de Yakarta (Indonesia), Manila (Filipinas) y Nairobi (Kenya) "pagan entre 5 y 10 veces más por unidad de agua que aquellos de las áreas de ingresos altos de sus propias ciudades y más de lo que pagan los consumidores de Londres o Nueva York". Ese precio desigual del agua hace que el 20% de los hogares más pobres de El Salvador, Jamaica y Nicaragua inviertan la quinta parte de sus ingresos en agua. En tanto que en el Reino Unido el gasto promedio por agua de los ciudadanos es apenas el 3% del ingreso.
No me resisto a citar esta estadística del informe: "Cuando un europeo utiliza la cisterna de un inodoro o un estadounidense se ducha, consumen más agua que la que tienen cientos de millones de personas que viven en los barrios urbanos pobres o las áreas urbanas de los países en desarrollo". Y otra es que con el agua que se ahorraría si los "civilizados" cerráramos los caños del lavador mientras nos cepillamos los dientes un continente entero de "bárbaros" podría bañarse.
A primera vista, se diría que no hay mucha relación posible entre la falta de agua y la educación de las niñas. Y, sin embargo, la hay y muy estrecha. El informe calcula que se pierden 443 millones de días escolares al año a causa de enfermedades relacionadas con el agua y que millones de niñas faltan a la escuela y reciben una educación deficiente o nula, y en todo caso inferior a la de los varones, porque diariamente deben ir a buscar agua a acequias, ríos y pozos que están a menudo a varias horas de camino de sus hogares.
En Los Miserables, Victor Hugo escribió que "Las cloacas son la conciencia de la ciudad", y, en una de esas interpolaciones del narrador que recorren la novela, mientras Jean Valjean pataleaba entre la mierda con el desmayado Marius a cuestas, intentó una curiosa interpretación de la historia a partir del excremento humano. Algo así hace este formidable estudio, sin la poesía y la elocuencia del gran romántico francés, pero con mucho mejor conocimiento científico. Proponiéndose nada más que describir las circunstancias y reverberaciones de un problema concreto que afecta a la tercera parte de la humanidad, este Informe radiografía con dramática precisión el extraordinario privilegio de que gozamos las dos terceras partes restantes, cada vez que, casi sin darnos cuenta de ello, abrimos la canilla de un lavador para lavarnos las manos o la regadera de la ducha para recibir esa lluvia de agua fresca que nos limpia y rejuvenece, o cuando, aguijoneados por un retortijón, nos encerramos en la intimidad de un excusado, aligeramos las entrañas y, solazados, limpiamos con un pedazo de papel higiénico todos los rastros de aquella ceremonia, jalamos una cadena y sentimos, en el torbellino del surtidor, que nuestras suciedades recónditas desaparecen en las entrañas de los desagües, lejos, lejos de nuestras vidas y olfatos, para bien de nuestra salud y buen gusto.
Qué infinitamente distinta a la nuestra es la experiencia de esos miles de millones de seres humanos que nacen, viven y mueren literalmente asfixiados por su propia inmundicia, a la que no consiguen arrancar de sus vidas, pues, visible o invisible, la mugre fecal que expulsan regresa a ellos como una maldición divina, en la comida que comen, el agua en que se lavan y hasta en el aire que respiran, enfermándolos y manteniéndolos en la mera subsistencia, sin posibilidades de salir del confinamiento en que malviven.
Uno de los aspectos más sombríos de este asunto es que, en gran parte debido al asco y la repelencia que todo lo relacionado con la mierda despierta en los seres humanos, los gobiernos y los organismos internacionales que promueven el desarrollo no suelen darle la prioridad que debería tener; lo frecuente es que lo subestimen y dediquen presupuestos insignificantes a planes de saneamiento. Y la verdad es que vivir en la suciedad no sólo enferma el cuerpo sino también el espíritu, la autoestima más elemental, el ánimo para rebelarse contra el infortunio y mantener viva la ilusión, motor de todo progreso. "Nacemos entre heces y orina", escribió San Agustín. Un estremecimiento como una viborilla de hielo en la espalda debería recorrernos al pensar que un tercio de nuestros contemporáneos nunca sale de la porquería en que vino a este valle de lágrimas.

TRASMITEN CREENCIAS LOS DICCIONARIOS?

¿Transmiten creencias los diccionarios?

Jorge Palacios C.
Quienes piensan que los diccionarios, por ser elaborados por una solemne Academia de la Lengua, son imparciales y no transmiten una ideología, se equivocan medio a medio. La Real Academia Española, por ejemplo, se propone que el idioma castellano sea el “instrumento expresivo y conformador de una misma visión del mundo y de la vida”. Así lo declaran en el preámbulo de la 21ª edición del diccionario, editada en 1992. Pero, ¿de qué visión del mundo y de la vida se trata? No, por supuesto, de la visión de los pueblos originarios de América Latina.
A ellos, la madre patria se esforzó -a sangre y fuego inquisitorial- por injertarles, no sólo su idioma, sino la visión del mundo católica, apostólica y romana. Más aún, construyó sus iglesias, usando como cimiento los templos indígenas. Esto no ha cambiado mucho. La Iglesia, para los académicos, sigue siendo, por antonomasia, la de Roma. Por eso, no se molestan en sus definiciones por aclarar de qué iglesia están hablando. “Aleluya”, señala el diccionario, es la “Voz que utiliza la Iglesia en demostración de júbilo”. Tampoco intentan evidenciar a qué fe se refieren, cuando caracterizan a un “infiel”, como el “que no profesa la fe considerada como verdadera”. ¿Cuál es esa fe “verdadera”, si es que hay alguna? ¡Cualquiera que entienda el idioma español de la academia, -sea musulmán, judío, shintoísta o ateo- lo sabe de sobra! Es la del Vaticano.
Para los autores del diccionario, la existencia de Dios no merece ni siquiera discusión, es evidente. ¡Cómo si estuviéramos viéndolo! Además, no se trata de Alá o de otros promiscuos dioses menores, sino del protagonista del Antiguo y el Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, si bien un “hada” es un “ser fantástico”, un “ángel”, en cambio, es un “espíritu celeste criado por Dios para su ministerio”.
Un “milagro”, es definido como un “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. Y nos explican que “oblación”, es “una ofrenda y sacrificio que se hace a Dios”. El “misticismo”, por su parte, no es otra cosa, que el “estado de la persona que se dedica mucho a Dios”..., y logra una “cierta unión inefable del alma con Dios”. El “alma”, por supuesto, ¡todo el mundo lo sabe!, es: una “sustancia espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, que informa al cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre”. Y si usted cree en Dios, tiene que aceptar también una de sus más importantes creaciones: el “Diablo”, que no es otra cosa, que uno de “los ángeles arrojados (por Dios) al abismo”. ¿No nos habremos tragado ya demasiadas ruedas de carreta?
El fundamento de la manera de pensar de los académicos, es, por cierto, la fe, que nos lleva a creer sin fundamento. Es decir, a “tener por cierta una cosa que el entendimiento no alcanza o que no está comprobada o demostrada”. Y para ello, nos proponen una fórmula muy simple: hay que “dar firme asenso a las verdades reveladas por Dios y propuestas por la Iglesia”.
Afortunadamente, hoy en día no existe la “inquisición”, ese “tribunal eclesiástico establecido para inquirir y castigar los delitos contra la fe”. Pero, aunque ya no exista una inquisición armada para castigarnos, nos espera de todos modos el “Infierno”, que es el “lugar destinado para castigo eterno de los que mueren en pecado mortal”.
Un pecado mortal es, por ejemplo, no tener suficiente fe como para creer, junto con los miembros de la Real Academia Española, que el “mundo” es el “conjunto de todas las cosas creadas”, y no algo que ha existido siempre, transformándose, hasta donde lo confirma la experiencia.
Hay algo, sin embargo, que nos enseña el diccionario y que no necesitamos fe para admitirlo, porque ya lo sabemos por experiencia propia: la existencia de “chupópteros”, palabra que en el diccionario designa a una “persona que, sin prestar servicios efectivos, percibe uno o más sueldos”. Amén.

noviembre 17, 2006

LA IMPROBABLIDAD DE DIOS.

La improbabilidad de Dios
Richard Dawkins
La gente hace muchas cosas en nombre de Dios. Los irlandeses se vuelan los unos a los otros en su nombre. Los árabes se vuelan en su nombre. Los imames y los ayatolás oprimen a la mujer en su nombre. Los papas y sacerdotes en celibato trastornan la vida sexual de la gente en su nombre. Los shohets judíos le rajan la garganta a los animales en su nombre. Los logros de la religión en la historia (las sangrientas cruzadas, los inquisidores torturadores, los conquistadores genocidas, los misioneros destructores de culturas, la resistencia impuesta legalmente a toda verdad científica hasta el último momento) son aun más impresionantes. ¿Y a qué ha ayudado todo esto? Creo que está quedando cada vez más claro que la respuesta es absolutamente a nada. No hay razón para creer en la existencia de ningún tipo de dios, y buenas razones para creer que no existen y nunca han existido. Todo ha sido una enorme pérdida de tiempo y de vidas. Sería un chiste de proporciones cósmicas si no fuera tan trágico.
¿Por qué cree la gente en Dios? Para la mayoría de la gente, la respuesta es todavía una versión del antiguo Argumento del Diseño. Contemplamos la belleza y la complejidad del mundo: el aerodinámico batir del ala de una golondrina, la delicadeza de las flores y de las mariposas que las fertilizan, la hormigueante vida existente en una gota de agua de estanque a través de un microscopio, la copa de una secuoya gigante a través de un telescopio. Nos reflejamos en la complejidad electrónica y la perfección óptica de nuestros propios ojos, que son los que miran. Si tenemos algo de imaginación, estas cosas nos llevan a un sentimiento de respeto y reverencia. Por otra parte, no podemos dejar de impresionarnos por la obvia semejanza entre los organismos vivientes y los diseños cuidadosamente planificados de los ingenieros humanos. Este argumento fue expresado en la famosa analogía del relojero del sacerdote del siglo XVIII William Paley. Aunque no supieras lo que es un reloj, el carácter obviamente diseñado de sus ruedas dentadas y muelles, y de cómo se engranan para un propósito, te forzarían a concluir "que el reloj debe tener un hacedor: que tiene que haber existido, alguna vez, y en algún lugar, un inventor o inventores que lo construyeron para el propósito que le encontramos; que comprendían su construcción, y diseñaron su uso." Si esto es cierto para un reloj relativamente simple, ¿cuánto más lo será para el ojo, el oído, el riñón, el codo y el cerebro? Estas estructuras bellas, complejas, intrincadas y con un propósito obvio tienen que tener su propio diseñador, su propio relojero (Dios).
Así decía el argumento de Paley, y es un argumento que casi todas las personas pensativas y susceptibles acaban por descubrir en algún momento de su infancia. A lo largo de casi toda la historia, debe haber sido una verdad completamente convincente y autoevidente. Y ahora, como resultado de una de las revoluciones intelectuales más sorprendentes de la historia, sabemos que es falso, o al menos superfluo. Sabemos que el orden y el aparente propósito del mundo viviente ha aparecido mediante un proceso completemente distinto, un proceso que trabaja sin necesidad de ningún diseñador y que básicamente es consecuencia de unas leyes físicas muy simples. Es el proceso de la evolución por selección natural, descubierto por Charles Darwin e, independientemente, por Alfred Russel Wallace.
¿Qué tienen en común todos los objetos que parecen haber tenido un diseñador? La respuesta es su improbabilidad estadística. Si encontramos una piedra transparente pulida en forma de lente por el mar, no concluímos que debe haberla diseñado un óptico: las leyes físicas pueden lograr este resultado sin ayuda; no es tan improbable que simplemente "haya ocurrido". Pero si encontramos una lente compuesta, corregida cuidadosamente contra la aberración esférica y cromática, con un filtro para la luz brillante, y con las palabras "Carl Zeiss" grabadas en la montura, sabemos que no puede haber aparecido por casualidad. Si coges todos los átomos de la lente compuesta y los juntas al azar bajo la influencia de las leyes de la física, es teóricamente posible que, por pura casualidad, los átomos formen el patrón de una lente compuesta de Zeiss, e incluso que los átomos de alrededor de la montura queden de manera que aparezca grabado el nombre de Carl Zeiss. Pero el número de otras posibilidades en las que podrían quedar los átomos es tan enorme, vasto e inconmensurablemente grande que podemos despreciar completamente la hipótesis de la casualidad. La casualidad no cuenta como explicación.
Por cierto, esto no es un argumento circular. Puede parecer circular porque se podría decir que cualquier disposición de los átomos es muy improbable. Como se ha dicho con anterioridad, cuando una bola cae sobre una hoja de césped particular en un campo de golf, sería absurdo exclamar: "De todos los miles de millones de hojas de césped en los que podría haber caído, la bola ha caído justamente sobre ésta. ¡Qué asombrosa y milagrosamente improbable!" Aquí la falacia es, por supuesto, que la bola tenía que caer en alguna parte. Sólo podemos asombrarnos de la improbabilidad del suceso si lo especificamos a priori: por ejemplo, si un hombre con los ojos vendados gira sobre sí mismo en el tee, golpea la bola al azar, y logra un hoyo en uno. Eso sería realmente asombroso, porque el objetivo de la bola se especifica de antemano.
De los trillones de formas que hay de juntar los átomos de un telescopio, sólo una minoría funcionaría realmente de manera útil. Sólo una pequeña minoría tendría el nombre de Carl Zeiss grabado, o, de hecho, cualquier palabra de cualquier lenguaje humano. Ocurre lo mismo con las piezas de un reloj: de todos los miles de millones de formas que hay de juntarlas, sólo una pequeña minoría dará la hora o hará algo útil. Y, por supuesto, lo mismo ocurre, a posteriori, con las partes de un cuerpo viviente. De las trillones de trillones de maneras que hay de juntar las partes de un cuerpo, sólo una minoría infinitesimal podría vivir, buscar comida, comer y reproducirse. Cierto, hay muchas formas de estar vivo (al menos diez millones de formas si contamos el número de especies distintas que hay en la actualidad) pero, haya las formas que haya de estar vivo, ¡es seguro que hay muchísimas más formas de estar muerto!
Podemos concluir con seguridad que los seres vivos son demasiado complicados (demasiado improbables estadísticamente) para que hayan aparecido por pura casualidad. ¿Cómo, pues, han aparecido? La respuesta es que la casualidad tiene que ver en esta historia, pero no un acto individual y monolítico de casualidad. En cambio, se ha dado uno tras otro en secuencia, una larga sucesión de pequeños pasos casuales, cada uno lo suficientemente pequeño para que sea un producto creíble de su predecesor. Estos pequeños pasos de casualidad están causados por las mutaciones genéticas, cambios al azar (errores de hecho) en el material genético. Estos cambios producen alteraciones en la estructura del cuerpo. La mayoría de estos cambios son letales y llevan a la muerte. Una minoría de ellos resultan ser ligeras mejoras, que llevan a un aumento de la supervivencia y la reproducción. A través de este proceso de selección natural, esos cambios azarosos que resultan ser beneficiosos acaban por extenderse en la especie y se convierte en la norma. La escena queda ahora a la espera de otro pequeño cambio en el proceso evolutivo. Después de, digamos, un millar de estos pequeños cambios, cada uno de los cuales proporciona la base para el siguiente, el resultado final se ha hecho, por proceso de acumulación, demasiado complejo para que haya aparecido en un acto individual de casualidad.
Por ejemplo, es teóricamente posible que aparezca, de un simple golpe de suerte, un ojo de la nada: digamos de la piel desnuda. Es teóricamente posible en ese sentido que la receta se haya escrito en la forma de un gran número de mutaciones. Si todas estas mutaciones ocurrieran simultáneamente, podría aparecer un ojo de la nada. Pero, aunque es teóricamente posible, es inconcebible en la práctica. La cantidad de suerte implicada es demasiado grande. La receta "correcta" implica cambios en un número enorme de genes simultánemente. La receta correcta es una combinación particular de cambios entre trillones de combinaciones de cambios igualmente probables. Podemos descartar con seguridad una coincidencia tan milagrosa. Pero es perfectamente plausible que el ojo moderno haya aparecido a partir de algo casi igual al ojo moderno pero no del todo: un ojo un poquito menos elaborado. Con el mismo argumento, este ojo un poquito menos elaborado apareció a partir de un ojo un poquito menos elaborado aún, etcétera. Si suponemos un número suficientemente grande de diferencias suficientemente pequeñas entre cada etapa evolutiva y su predecesora, podemos derivar un ojo complejo a partir de la piel desnuda. ¿Cuántas etapas intermedias podemos postular? Eso depende de con cuánto tiempo podemos tratar. ¿Ha habido suficiente tiempo para que se desarrollen ojos de la nada mediante pequeños pasos?
Los fósiles nos dicen que la vida se ha desarrollado en la Tierra desde hace más de 3.000 millones de años. Es casi imposible para un hombre imaginar una cantidad de tiempo tan inmensa. Natural y afortunadamente, tendemos a percibir nuestra propia vida como un periodo de tiempo bastante largo, aunque raramente vivamos un siglo. Hace 2.000 años que vivió Jesucristo, un periodo de tiempo suficientemente largo para confundir la diferencia entre historia y mito. ¿Puedes imaginar un millón de veces ese periodo? Supón que queremos escribir toda la historia en un largo rollo de papel. Si metiéramos toda la Historia en un metro de rollo, ¿cuánto ocuparía la parte del rollo destinada a la Prehistoria, desde el principio de la evolución? La respuesta es que la parte del rollo dedicada a la Prehistoria se extendería desde Milán a Moscú. Piensa en las implicaciones que esto tiene en la cantidad de cambio evolutivo que cabría en todo ese tiempo. Todas las razas domésticas de perro (pekineses, perros de lanas, perros de aguas, San Bernardos y Chihuahuas) han surgido a partir de lobos en un periodo de tiempo que se mide en cientos o como mucho miles de años: no más de dos metros en el trayecto de Milán a Moscú. Piensa en la cantidad de cambio implicado en el tránsito de un lobo a un pekinés; ahora multiplica esa cantidad de cambio por un millón. Si lo miras de esa manera, parece más fácil creer que un ojo puede desarrollarse de la nada poco a poco.
Se hace necesario para satisfacer nuestra existencia que todas las partes intermedias en la ruta evolutiva, digamos desde la piel desnuda hasta el ojo moderno, tienen que haberse favorecido por la selección natural; haber sido una mejora con respecto a su predecesor en la secuencia o al menos haber sobrevivido. No tiene sentido pensar que teóricamente existe una cadena de partes intermedias casi imperceptiblemente diferentes, si muchos de esos individuos intermedios han muerto. A veces se arguye que las partes de un ojo tienen que estar todas presentes o el ojo no funcionaría en absoluto. Medio ojo, dice el argumento, no es mejor que ningún ojo. No puedes volar con medio ala; no puedes oír con medio oído. Por tanto no puede haber existido una serie de partes intermedias hasta el ojo, ala u oído modernos.
Este tipo de argumento es tan ingenuo que uno sólo puede preguntarse cuáles son los motivos subconscientes para querer creer en él. Es obviamente falso que medio ojo sea inútil. Los que padecen de cataratas cuyos cristalinos han sito extirpados quirúrjicamente no ven bien sin gafas, pero están mucho mejor que la gente que no puede ver nada. Sin cristalino no puedes enfocar detalladamente una imagen, pero puedes evitar chocar con obstáculos y detectar la sombra amenanzante de un depredador.
Con respecto al argumento de que no se puede volar con medio ala, es refutado por un gran número de animales planeadores, incluyendo a mamíferos de muchos tipos, lagartos, ranas, serpientes y calamares. Muchos tipos distintos de animales arbóreos tienen membranas de piel entre sus articulaciones que son realmente medio alas. Si te caes de un árbol, cualquier membrana de piel o aplanamiento del cuerpo que aumente el área de tu superficie puede salvarte la vida. Y, sean como sean de grandes tus membranas, siempre tiene que haber una altura crítica tal que, si te caes de un árbol desde esa altura, habrías salvado la vida con sólo un poquito más de superficie. Entonces, cuando tus descendientes hayan desarrollado esa superficie extra, podrán salvar sus vidas con sólo un poquito más de superficie, si se caen de un árbol a una altura ligeramente superior. Y así, mediante una sucesión imperceptiblemente gradual de pasos, cientos de generaciones después, aparecen alas completas.
Los ojos y las alas no pueden aparecer de una vez. Eso sería como tener la casi infinita suerte de dar con la combinación que abre la caja fuerte de un gran banco. Pero si giras las ruedas de la cerradura al azar, y cada vez que te acercas un poco al número afortunado la puerta de la caja fuerte hace un crujido, ¡no tardarías en abrir la puerta! Esencialmente, ése es el secreto de cómo la evolución por selección natural logra lo que antes parecía imposible. Las cosas que no pueden derivarse plausiblemente de predecesores muy diferentes pueden derivarse plausiblemente de predecesores sólo ligeramente diferentes. Teniendo una serie suficientemente larga de predecesores ligeramente diferentes, podemos derivar cualquier cosa a partir de cualquier otra cosa.
La evolución, pues, es teóricamente capaz de hacer el trabajo que, érase una vez, parecía ser una prerrogativa de Dios. Pero ¿existe alguna prueba de que la evolución haya existido realmente? La respuesta es sí; las pruebas son abrumadoras. Se encuentran millones de fósiles exactamente en el sitio y exactamente a la profundidad que deberíamos esperar si la evolución fuese cierta. No se ha encontrado ni un solo fósil en un lugar donde la evolución no sea capaz de explicarlo, aunque esto podría haber pasado fácilmente. Un fósil de mamífero en rocas tan antiguas que los peces aún no habían aparecido, por ejemplo, sería suficiente para refutar la teoría de la evolución.
Los patrones de distribución de los animales y plantas en los continentes e islas del mundo es exactamente lo que esperaríamos si se hubieran desarrollado a partir de ancestros comunes mediante un proceso lento y gradual. Los patrones de semejanza entre los animales y plantas es exactamente lo que deberíamos esperar si algunos fueran primos entre ellos, y otros fueran primos más distantes. El hecho de que el código genético sea el mismo en todas las criaturas vivientes sugiere abrumadoramente que todas son descendientes de un único ancestro. La evidencia de evolución es tan convincente que la única manera de salvar la teoría de la creación es suponer que Dios colocó deliberadamente enormes cantidades de pruebas para hacer que pareciese que la evolución fuese real. En otras palabras, los fósiles, la distribución geográfica de los animales, etcétera, son todos un gigante truco de timador. ¿Alguien quiere adorar a un Dios capaz de tal fraude? Es seguro mucho más reverente, y más sensato científicamente , aceptar el significado literal de la evidencia. Todos los seres vivos son primos unos de otros, descendientes de un ancestro remoto que vivió hace más de 3.000 millones de años.
El Argumento del Diseño ha sido pues destruido como razón para creer en Dios. ¿Hay muchos más argumentos? Algunos creen en Dios por lo que dicen es una revelación interior. Tales revelaciones no son siempre edificantes pero parecen sin duda reales al individuo implicado. Muchos habitantes de manicomios tienen la fe interior de que son Napoleón o Dios mismo. El poder de esas convicciones es indudable para los que las tienen, pero esto no es razón para que el resto de nosotros les creamos. De hecho, ya que esas creencias son mutuamente contradictorias, no las creemos en absoluto.
Hay algo más que debe decirse. La evolución por selección natural explica muchas cosas, pero no pudo empezar de la nada. No podría haber empezado hasta que apareciese algún tipo de reproducción y herencia. La herencia moderna está basada en el código del ADN, que es de por sí demasiado complicado para que apareciese espontáneamente mediante una casualidad individual. Esto parece significar que tuvo que haber existido un sistema hereditario anterior, ahora desaparecido, que era lo suficientemente simple para que apareciese por casualidad por las leyes de la química, y que proporcionó el medio en el que pudo dar comienzo una forma primitiva de selección natural acumulativa. El ADN fue un producto posterior de esta selección acumulativa. Antes de esta original forma de selección natural, hubo un periodo en el que los compuestos químicos se formaron a partir de elementos más simples, siguiendo las conocidas leyes de la física. Antes de eso, todo fue construido a partir del hidrógeno puro como consecuencia inmediata del big bang, el suceso que inició el universo.
Existe la tentación de argumentar que, aunque Dios puede no ser necesario para explicar la evolución de orden complejo una vez que el universo comenzó con sus leyes fundamentales de la física, sí necesitamos a Dios para explicar el origen de todas las cosas. Esta idea no le deja mucho trabajo a Dios: sólo hizo estallar el big bang, se sentó y esperó a que pasara todo. El físico-químico Peter Atkins, en su libro maravillosamente escrito La Creación, postula un Dios perezoso que se esforzó por hacer lo menos posible para iniciarlo todo. Atkins explica cómo todo suceso en la historia del universo resulta, por simple ley física, de su predecesor. Así reduce el trabajo que el perezoso creador necesitaría realizar y finalmente concluye que, de hecho, ¡no habría necesitado hacer nada en absoluto!
Los detalles de la etapa primordial del universo pertenecen al reino de la física, mientras que yo soy un biólogo, más relacionado con las etapas posteriores de la evolución de la complejidad. Para mí, la cuestión importante es que aunque el físico necesite postular un mínimo irreductible que tuvo que estar presente en el inicio, para que el universo pudiera comenzar, ese mínimo irreductible es ciertamente extremadamente simple. Por definición, las explicaciones que surgen de premisas simples son más plausibles y más satisfactorias que las explicaciones que tienen que postular comienzos complejos y estadísticamente improbables. ¡Y es difícil conseguir algo más complejo que un Dios Todopoderoso!

noviembre 10, 2006

Por qué las falsas creencias nunca mueren

Jason Zweig, columnista de la revista Money


Gregory W. Lester preguntó “Por qué las falsas creencias nunca mueren” (edición de Skeptical Inquirer de noviembre-diciembre 2000). Algunas otras respuestas son admirablemente exploradas en Expecting Armageddon: Essential Readings in Failed Prophecy, editado por Jon R. Stone (Routledge: New York y Londres, 2000).
Primeramente, las falsas creencias son usualmente parte de un complejo sistema ideológico; por ejemplo, cuando Jesucristo no desató el Juicio Final el 23 de abril de 1843, como el predicador William Miller había predicho, sus seguidores tomaron muchas otras creencias y experiencias compartidas (como la importancia de evitar el pecado y la catarsis de cantar juntos en los grupos de oración) para reconfortarse entre ellos ante el fracaso de la profecía de Miller. Así, en lugar de verse privados de una creencia fundamental, sus adherentes usualmente sienten que sólo han perdido una de muchas doctrinas igual de importantes. Y si una predicción puede fallar, otras se cumplirán tan sólo por casualidad mientras el líder profético sea lo suficientemente astuto como para hacer vaticinios múltiples (y flexibles).
En segundo lugar, cuando las creencias no se cumplen, sus seguidores simplemente las revisan espontánea y retroactivamente; por ejemplo, si el mundo no se acabó físicamente en un día determinado, entonces debe haber finalizado espiritualmente, y nosotros los creyentes somos ahora los esclarecidos ciudadanos del mundo venidero (o quizá no “merecíamos” que la profecía se cumpliera; así, se convirtió en falsa por nuestro propio fracaso, no el del profeta).
Finalmente, las creencias sobreviven mejor cuando sus adherentes se sienten parte de una comunidad cohesionada; un ideólogo que da a sus seguidores un sentido de pertenencia ya ha ganado la batalla contra los escépticos que buscan desmentir sus enseñanzas. Los seguidores pueden simplemente señalar a todos los otros miembros que aún siguen sus dogmas, profecías o principios que no han sido (aún) refutados. Mientras más sean, mayor la “prueba” de que lo que el líder dice es la verdad. “¿Cómo podríamos estar equivocados tantos de nosotros?”, preguntará el creyente.
Los escépticos que critican las creencias grupales ilógicas deben estar conscientes de estas realidades... Más importante aún, los escépticos tienen que recordar que la gente que compra esas creencias está buscando un significado para su vida. La razón de que resistan en forma tan furibunda al asalto de la lógica es que no pueden soportar que se les prive de su sentido de pertenencia. Su devoción por el fundador carismático del grupo los hace sentir tanto protegidos como privilegiados, frecuentemente por primera vez en su vida...

noviembre 04, 2006


Entrevista exclusiva a Carlos Fuentes, publicada en Revista El sábado de El Mercurio.
"Estoy viejo para encontrar pretextos para no escribir"

El novelista mexicano acaba de lanzar su último libro, Todas las familias felices, y dice que los dioses le han dado energía de sobra: en Londres se levanta a las siete cada mañana y a las siete y media ya está escribiendo. "Soy un holgazán: hago lo que me gusta, escribir, todos los días". Por Gabriela Esquivada, desde Nueva YorkEn el estacionamiento del hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, la noche del 31 de diciembre de 2005, Carlos Fuentes juega a correr a su esposa. Salta de columna en columna en el sótano, húmedo por sótano y porque los automóviles filtran la lluvia que se vuelve charcos sucios bajo los zapatos. Al fin ella se deja alcanzar y abrazar. Él le pregunta:­¿Recuerdas, güerita?Silvia Lemus asiente:­Cómo no. Cómo no.Una sonrisa cierra la complicidad. Nada cuenta Silvia de la escena en ese mismo estacionamiento, más de tres décadas atrás, cuando eran novios y miraban el futuro con la arrogancia inofensiva de quien está lleno de sueños. Días tan distintos de esa noche del 31 de diciembre de 2005, la primera Nochevieja que pasaron, acompañados por una pareja de amigos, en la soledad abismal de saber perdidos a sus dos hijos. Carlos había muerto en 1999, a los veinticinco años; Natasha, el 22 de agosto de ese año que terminaba, a los veintinueve.Ese 31 de diciembre, Fuentes trabajaba en una narración coral que ahora aparece bajo el título Todas las familias felices, cita irónica y acaso también una confesión encubierta. "Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera", escribió Tolstoi, y hacía tiempo que al autor mexicano lo rondaban esas palabras con que abre Anna Karenina. En su inventario de ideas y gente y lugares que tituló En esto creo, bajo la entrada "Familia", describió su núcleo de infancia: "Formamos una familia feliz. A los ojos de Tolstoi, pues, no una familia demasiado interesante. Pero ¿quién quiere ser interesante al precio de ser infeliz?".Su voz en el teléfono no denota autocompasión cuando dice: "Es lo malo de escribir: uno trata de exorcizar algo y al fin lo profetiza". Acaso habla de sí, pero más explícitamente de la violencia y la ciudad, escenografía de los dieciséis relatos que se entrelazan en Todas las familias felices. "Recuerdo que a los veintiún años salía de un cabaret en la ciudad de México a las tres de la mañana y me iba caminando a casa. No tenía miedo. Hoy no me atrevo a salir a la esquina. Recuerdo que cuando viví en Buenos Aires era una ciudad de prosperidad, y hoy veo familias que buscan un bocado en los basureros. En los próximos veinticinco años, el 75 por ciento de los habitantes del mundo vivirá en ciudades y no será posible atenderlos, no habrá servicios, no habrá comida. No habrá nada".­Usted creció fuera de México, porque su padre era diplomático, y más de una vez habló de su país como territorio imaginario. ¿Por qué narra ahora un lugar realista?­Cuando escribí La región más transparente, Ciudad de México tenía cinco millones de habitantes; ahora tiene veinte, los que tenía el país cuando yo nací. Con 110 millones, México es hoy el país más poblado de habla española. Un país muy peligroso, lleno de violencia en las fronteras, con narcos y con las maras, pandillas de jóvenes que vienen de Los Ángeles o de El Salvador, se hacen un tatuaje por cada uno que matan y un buen día dejan, como hace un mes, en Acapulco, seis cabezas cortadas en una playa.Esa violencia es el tema de Todas las familias felices. Lo es en las historias individuales, que ocupan los dieciséis relatos, donde abunda el pesimismo: "Hay gritos de júbilo cuando rocían de gasolina a los policías y les prenden fuego. Doña Medea se une al coro de la alegría. El barrio ha derrotado a la violencia que vino desde afuera con la violencia que viene de adentro", se lee en La madre del mariachi.­¿Cómo describiría las influencias de este libro?­Sin la secuencia propia de una novela y sin que encaje en la definición de volumen de cuentos, este libro es una narración coral. De Balzac y de Faulkner hay la búsqueda de un mundo, el retorno de los personajes; Kafka sigue advirtiéndome acerca de la deshumanización; de Cervantes, con sus cuentos y novelas interpolados en Don Quijote, puedo mencionar la combinación de géneros. Pero hay muchísimas influencias más: uno es heredero de una tradición que se hace presente entera en el trabajo.No en vano Fuentes guarda la comedia humana de sus ficciones bajo el título de La edad del tiempo: cree en la continuidad. "No se puede crear sin una tradición antecedente, y la condición para que la tradición siga viva es crear algo nuevo. En el boom éramos doce escritores, precedidos por un puñado: Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y muy pocos más. Ahora, en cambio, nos han seguido generaciones cada vez más ricas. En América Latina hoy contamos decenas de escritores muy buenos: Pedro Ángel Palou, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza... Tenemos una constelación de talentos que existen en una constelación mayor de los novelistas en habla castellana: de México a Chile, de Argentina a España, y con incursiones en los Estados Unidos, donde hay 40 millones de hispanoparlantes".La tradición cristalizó en su ser a los veintiún años, en Suiza, cuando observó a Thomas Mann. Lo vio mirar con deseo desesperado a un muchacho, como si representara ante sus ojos una escena de La muerte en Venecia. Aprendió "que en literatura sólo se sabe lo que se imagina", y si bien terminó los estudios de economía que complementaban su grado en Derecho, sabía que su destino era otro. Tomaría la forma de más de cincuenta títulos, entre ellos La región más transparente, Aura, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra, La cabeza de la hidra, Gringo viejo, Cristóbal nonato, Los años con Laura Díaz, La silla del águila. Y le daría muchísimos premios, entre ellos el Rómulo Gallegos (1977), el Nacional de Literatura de México (1984), el Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994).Acaba de regresar a su casa de South Kensington, en Londres, luego de acompañar a su marido en una gira por España y Francia, y en cada punto, con su teléfono móvil, Silvia Lemus se ha ocupado de los requisitos para poner en marcha la Fundación Carlos y Natasha Fuentes Lemus. "Silvia, de quien sigo enamorado después de tanto tiempo", comenta el escritor. "Nos hemos acompañado en las tres décadas que llevamos casados y podemos decir que somos un matrimonio muy feliz, con todas las tragedias que nos han pasado, pues nos han unido más".Esa unión permite que Fuentes se sienta un Carlos entre dos: su hijo ­artista plástico y escritor­ y el tío que se destacó como poeta antes de los veintiún años, cuando la fiebre tifoidea lo extinguió. "Creo que mi padre me llevó hacia la literatura en honor a su hermano, un joven veracruzano que escribió muy buena poesía y murió cuando marchó a estudiar a México. De manera que yo estoy entre esos dos Carlos y me siento encargado del destino que ellos no tuvieron".­¿Cómo se manifiesta ese encargo?­Escribo mucho en función de ellos: ¿qué hubieran pensado, qué hubieran dicho? Eso me da mucha angustia y mucha alegría al mismo tiempo. Es muy paradójico. Están conmigo cuando escribo.­Algo que sucede, según la leyenda, todo el tiempo y en cualquier lugar.­En un avión, en un autobús, en una playa. Sí: me basta tener un cuaderno y mi pluma, y escribo. Ya estoy viejo para encontrar pretextos para no escribir.­¿Cómo hace para vivir en inglés y escribir en castellano?­Aquí no tengo que decir "Buenos días", "¿cuánto cuesta el periódico?", "por favor, sírvame una sopa": me reservo el castellano para la escritura y para Silvia. En México el idioma se me desgasta un poco en la vida cotidiana. Aquí lo atesoro para la literatura y el amor, y es muy bueno tener un idioma en exclusiva para esas dos cosas.Dice que los dioses le han dado energía: en Londres se levanta a las siete y a las siete y media ya está escribiendo. Acaso por eso las falanges de algunos de sus dedos están torcidas en la posición de sostener la lapicera y la libreta. "Me siento y cumplo con lo que espero. Es una alegría, no sé si un trabajo. Soy un holgazán: hago lo que me gusta, escribir, todos los días. No sé qué haría si fuera burócrata o chofer de un autobús".Le sucedió cuando ocupó la Embajada de México en París. Pasó dos años sin producir una sola palabra. Pero cuando el Presidente Luis Echeverría encomendó la embajada en Madrid a su antecesor Gustavo Díaz Ordaz, juntó ideales políticos y deseos literarios y renunció, alquiló una casa y volvió a tomar la pluma y el cuaderno. La sequía regresa todavía, a veces, cuando va a México: "Tomas tequila, comes enchiladas, te levantas tarde".Pero las más de las veces su estampa es la de una tarde en el Hotel Delmonico de Nueva York, mientras Silvia se arreglaba para salir a comer y Natasha se distraía con su perro. Fuentes escribía en una mesa cercana, ajeno a las voces de las mujeres, a los ladridos, al timbre del teléfono. Acaso acompañado por sus Carlos Fuentes perdidos: "Escribo con una ambición juvenil, que de algún lugar me viene".­Otros miembros de su familia parecen influir su obra, en particular este libro. ¿Cuánto pesan los relatos de sus abuelas?­Como crecí en los destinos que tocaron a mi padre, fue importante haber pasado los veranos con mis abuelas en México. Una era veracruzana, de la costa del Golfo, y la otra del Pacífico, de Sonora. Conocí cuentos de las dos costas, pequeñas y grandes historias de nuestra genealogía. ¿Quién, si no es aristócrata o miembro de una familia real, recuerda algo más allá de sus bisabuelos? Sin estas abuelas no tendría memoria de mi propio pasado y un venero inagotable de relatos del que saldrán otros libros, si tengo tiempo de escribirlos.­Lo volcado en Todas las familias felices y En esto creo ¿anula unas posibles memorias?­Cuando me alcanza la tentación leo a Chateaubriand, y advierto que no podría escribir buenas memorias. He ido dejando mi memoria en mis novelas: allí está. Es cierto que he publicado libros como En esto creo, y que estoy revisando notas para una colección de retratos de gente que me ha influido: Luis Buñuel, Alfonso Reyes, François Mitterrand, Bill Clinton, André Malraux. Allí podría meter más memoria, pero no me siento capacitado para otra cosa. Creo que el libro de Gabo (Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez), una excelente memoria, llega hasta sus veinticinco años como prueba de que después Cien años de soledad, El otoño del patriarca y todos sus libros hablan por él. Uno puede hablar de su niñez, de sus antepasados, de su familia: hasta allí llega. Y no puede hablar de las mujeres a las que ha querido, por caballero.De lo que sí habla, y mucho, es de política. Lo apasiona la política internacional, otro tanto la mexicana; el tono de su voz se eleva y se llena de silencios significativos; pasa de largas argumentaciones a un adjetivo cortante, final. "Como escritores, tenemos que cultivar la memoria, la imaginación y el lenguaje. Pero aparte somos ciudadanos, ¿no? Yo tengo mis opciones políticas". En México prefiere la izquierda de Cuahutémoc Cárdenas y el fin de la polémica sobre la elección: "Nos costó mucho construir instituciones democráticas. Y si el Tribunal Electoral decide que el Presidente es Felipe Calderón por el 0,56 por ciento, yo lo respeto. Andrés Manuel López Obrador ha perdido la oportunidad de crear un gran movimiento de izquierda y ganar la elección siguiente".También sintetizó en un título, Contra Bush, su visión de lo que llama "la Junta de Washington: un grupito de gente que ha usurpado el poder y llevado al mundo a una catástrofe". Cuando se publicó ese libro, en 2004, lo acusaron de odiar a George W. Bush, de exagerar, de seguir resentido porque en 1961 Estados Unidos lo declaró "extranjero indeseable" ­la Revolución Cubana recogía la adhesión de intelectuales latinoamericanos­ y en 1969 le impidió pisar siquiera Puerto Rico. Él argumenta que contaba lo que veía: "Ese gobierno basado en la mentira tenía que comenzar a resquebrajarse, como se está deshilvanando hoy".­Y ahora que Estados Unidos no la mira, ¿cómo ve a Latinoamérica?­Me parece formidable que no nos mire, porque cuando lo hace crea conflictos espantosos. Ya pasaron las dictaduras militares, que tenían su raíz en el anticomunismo y la protección de Washington, y hemos logrado avances democráticos en casi todos los países. Ahora la gente pide contenido: "Qué bueno que tenemos instituciones democráticas, pero yo vengo con hambre".­¿Qué papel tiene la izquierda en ese desafío?­No es lo mismo Bachelet que Lula, y no considero que Hugo Chávez sea de izquierda: creo que es un criptofascista al que le irá peor que a Juan Perón, porque regalará todo y se quedará quebrado. La izquierda es Lula, en cierto modo Néstor Kirchner, Bachelet, Tabaré Vázquez; pero al lado hay gobiernos de derecha como el de Alan García o el de Álvaro Uribe. En ese mosaico, el futuro de América Latina se juega en el centro: en los compromisos que seamos capaces de acordar en la centroizquierda y la centroderecha para resolver los problemas de nuestras grandes mayorías enajenadas.