Un faro cultural

diciembre 29, 2006

ASESINOS DEL FUTURO

Asesinos del futuro

Por José Manuel Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.
No existe peor crimen que negar oportunidades a aquellos que, en principio, tienen toda la vida por delante, una biografía por construir. De hecho, algunos de los logros más nobles de los humanos surgieron de intentar derribar barreras que obstaculizaban el libre desarrollo de las personas, para conseguir que el largo camino que conduce de la cuna a la tumba sea independiente del origen social, el sexo o la raza. Muchas, aunque no todas ni en todas partes, de esas barreras han sido o están siendo abolidas. Podemos, en este sentido, mirar al futuro con esperanza. Nuestras hijas tendrán más oportunidades que sus madres, salvo en todos esos países en que ni mostrar su cara pueden. Es cierto que la condición económica y cultural de nuestros progenitores nos puede facilitar o dificultar la vida, pero no al extremo de lo que sucedía en otras épocas. Es, asimismo, más fácil desenvolverse hoy para todos los que sufren minusvalías físicas, y lo será más aún el día de mañana, de la mano de los avances de las ciencias biomédicas, que contribuirán además a que muchos males congénitos sean menos frecuentes… si, claro está, no se impone la opinión de aquellos que desde sus creencias religiosas se empeñan en hipotecar futuros personales.
El futuro podría, por tanto, ser mejor. Y, sin embargo, parece que no lo será. Es muy posible que generaciones futuras consideren a nuestro tiempo, no con calificativos como los Siglos de la Ciencia o de los Derechos Civiles, como la Era de la Información o de la Nueva Biomedicina, sino como la Edad de los Asesinos de la Tierra, y que escupan sobre nuestra memoria, maldiciendo el recuerdo de aquellos que, sabiendo lo que hacían, con sus acciones modificaron radicalmente el clima y naturaleza física de la Tierra. Somos, para decirlo brevemente, unos asesinos del futuro, del futuro de los millones y millones de personas que vendrán después de nosotros. De personas y de especies; de, en definitiva, biodiversidad.
Durante las últimas semanas se está hablando mucho de este asesinato, aunque algunos no lo reconocen como tal, argumentando que existe todavía mucho que desconocemos en los procesos que rigen el clima, y que aún tenemos tiempo. No sé si todavía disponemos de tiempo; cada vez son más los que piensan que ya hemos cruzado la frontera y que lo único que podemos hacer es minimizar las consecuencias y prepararnos para el cambio climático que habrá de venir. Pero aunque todavía tengamos tiempo, aunque existan incógnitas científicas, con los datos de que disponemos sería criminal no tomar medidas.
La reciente difusión del denominado “Informe Stern” sobre la economía del cambio climático, y la celebración de la Conferencia del Clima en Nairobi, han intensificado la aparición del problema en los medios de comunicación. Naturalmente, esto es una buena noticia, pero no sin sombras. En cuanto al “Informe Stern”, presentado por el primer ministro británico Tony Blair, merecen ser comentados al menos dos aspectos. El primero tiene que ver con el hecho de que Blair se encuentra al final de su mandato. ¿Es que no tenía conciencia del problema antes, y ha tenido que esperar a un informe cuyo contenido a pocos debería sorprender? Lo que necesitamos no son políticos alejados del poder que se convierten en voceros de los peligros medioambientales y climáticos que nos aguardan, sino gobernantes en activo que actúen. Todos somos responsables del deterioro que está sufriendo el planeta, pero nadie es más culpable que aquellos que disponen de toda la información, y que además tienen poder para tomar medidas.
El otro aspecto del “Informe Stern” que quiero comentar es el de su carácter económico. Es, parece, característico de nuestra civilización que veamos casi todo a través de su valor económico. Todo, humanidad incluida, tiene precio. Y así en este informe nos encontramos con pasajes del tipo de: “Debemos considerar el mitigar los efectos -tomar acciones duras para reducir las emisiones- como una inversión, un coste en el que incurrimos ahora y las próximas pocas décadas para evitar los riesgos de muy severas consecuencias en el futuro… La evidencia es que ignorar el cambio climático dañaría en su momento el crecimiento económico” (se estima que la economía mundial caerá un 20% si no se frena el calentamiento del planeta). Reducir el dolor, el desamparo tiene en este caso valor económico, pero ¿y si no lo tuviera?
Con respecto a la Cumbre del Clima de Nairobi, el resultado no es tampoco demasiado alentador, aunque vaya en la dirección correcta. Los países desarrollados han pactado que en el futuro reducirán un 50% sus emisiones de gases de efecto invernadero. El calendario se empezará a discutir dentro de dos años y se espera comenzar a actuar hacia 2012, con el 2050 como horizonte para lograr la reducción anunciada. Política y económicamente puede ser una agenda razonable, pero no desde luego desde el punto de vista de la salud del planeta, estando como estamos al borde, si es que no lo hemos sobrepasado ya, del punto de no retorno. Y mientras llega 2012, los países desarrollados continuaremos con nuestra criminal política energética.
De hecho, la Cumbre del Clima no debería haberse celebrado en Nairobi, sino en la sede de la Organización de las Naciones Unidas. Tendría que haber sido un asunto de Estado mundial, en el que, entre otros puntos, se hubiese discutido en profundidad la actitud de Estados Unidos, que aún no ha firmado el Protocolo de Kioto, siendo como es responsable del 27% de emisiones de dióxido de carbono (no olvidemos que España, que sí firmó el Protocolo, está incumpliendo aquello a lo que se comprometió). Resulta que la ONU vale para imponer sanciones a, por ejemplo, Irán o Corea del Norte por querer poseer armamento nuclear (que tienen no sólo Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña o Francia, entre otros, sino también Israel), pero no para intentar castigar por un crimen de futuro como es contribuir a hacer menos habitable la Tierra.
Cuando veo esas fotografías que aparecen en los periódicos, glaciares que han desaparecido en el lapso insignificante de apenas una vida humana, especies animales que agonizan, antes de extinguirse, delante de nuestros ojos, me duele de manera casi insoportable. No por mí, sino por nuestros descendientes. De hecho, sufro incluso más por la indignidad del comportamiento criminal del que participo. Seré recordado, ay, como miembro de una tribu global de asesinos. De asesinos del futuro.

Preludio de Navidad
19 de Diciembre de 2006
Por Eugenio Trías, filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO
En una cena de amigos y familiares, el pasado verano, se inició la conversación por las acostumbradas rutas de la política local. Para evitar una estéril y tediosa incursión en los tópicos de siempre, que en los últimos tiempos pueden dar lugar a viscerales enfrentamientos, se me ocurrió dar un giro a la conversación suscitando un tema diferente -y algo exótico-, un tema que a todos nos importa (tanto o más que el pronóstico respecto a elecciones próximas). Comencé, de forma socrática, a interrogar a unos y a otros sobre sus creencias relativas a lo que sucede tras la muerte: ¿es la muerte el fin definitivo de nuestra vida? ¿O es el inicio de una vida diferente?
Les dije que deseaba proponer un tema de conversación menos coyuntural. «Quería preguntaros -les dije- qué opinión tenéis sobre lo que sucede tras la muerte». Alguien manifestó extrañeza ante tamaña extravagancia. Pero con sorpresa me di cuenta de que había sembrado una interesante semilla que no tardó en crecer y madurar. Poco a poco se fue animando la conversación. Se fue produciendo una conflagración de opiniones distintas. Algunos confesaron que habían pensado en profundidad en el asunto, otros seguían mirándome extrañados y sorprendidos. Pero todos quedaron intimidados y concernidos.
Pude comprobar una cosa: el número de personas que creían en alguna forma de supervivencia tras la muerte era, por lo menos, tan relevante y significativo como el de aquéllos que, o bien habían optado por creer que la muerte significa el fin final definitivo de nuestra existencia personal, o los que profesaban, bajo forma de agnosticismo, una radical suspensión de juicio. Pero hice también otra interesante averiguación: quienes creían en formas de supervivencia, fuese en términos de reencarnación, de fusión con la energía cósmica, o de resurrección de la carne en términos escatológicos, no eran necesariamente personas confesionales, o creyentes de un credo religioso.
Incluso advertí formas de larvado agnosticismo en algunos de quienes se confesaban pertenecientes a la comunidad católica vaticana. Como si en su profesión de fe se hallase inscrita la necesidad de no ahondar en estas cuestiones relativas a nuestra posible supervivencia tras la muerte.
Al final sólo se hablaba de este tema. La cena circuló a través de un interesantísimo cruce de argumentos, algunos basados en la extrapolación de teorías científicas actualmente vigentes, otros cifrados en la interpretación de pasajes de la literatura cristiana, especialmente del Nuevo Testamento.
Fue una cena con una conversación apasionante. En lugar de hablar de temas contingentes se hablaba de Darwin, de la teoría del Big Bang, del Apocalipsis de Juan de Éfeso, del descenso de Jesucristo a los infiernos, o de las cartas de Pablo. O bien de la teoría oriental de la trasmigración de las almas. O del nirvana budista.
Estas fiestas son, sobre todo, una cita anual para revisar nuestras propias convicciones sobre ese asunto que nos atañe e importa como ninguno. Se celebra con la Navidad el don de existir, el milagro del nacimiento (y del renacimiento). Como sabía Franz Liszt, la tumba es quizás la cuna de una vida futura. Es suya la siguiente frase hermosa: «Nuestras vidas son preludios; preludios de una desconocida canción cuya primera nota es la muerte». Liszt encabezó su referencia a un poema de Lamartine, en uno de sus más conocidos poemas sinfónicos, con esta memorable definición.
Propongo a todos los que se den cita en estas fiestas familiares una conversación a fondo sobre temas religiosos y escatológicos. Pueden generarse reveladores esclarecimientos sobre el tema que más debería importarnos a todos, por mucho que desconcierte a la mayoría. Un tema sobre el que la ciencia no tiene legislación alguna, aunque algunos falsos divulgadores se empeñen en decirnos, en sus burdas homilías, que la ciencia abona la idea de que con la muerte termina nuestra vida. Es importante no hacer decir a la ciencia lo que no está en condiciones de afirmar.
Mi respeto por agnósticos y ateos es grande siempre que sustenten sus creencias (o sus suspensiones de juicio) en una sólida argumentación. También lo es en relación con quienes forman parte de una confesión, o de una comunidad de culto, siempre que lo sean de manera responsable.
Lo que se llama fe y creencia, como sabían los romanos, tiene siempre el sentido de la confianza. Yo, por mi parte, confío, en términos luteranos, en ciertas escrituras cuyo sentido, cada vez que se acerca la fecha de cambio de año, se me ilumina: textos de los Salmos, de Isaías, de Pablo, de Mateo, del Discípulo Amado, de Juan de Éfeso. Cada año que pasa me siento más confiado en esas escrituras sagradas.
Pero lo que me ha reforzado esa confianza ha sido, sin duda, mi dedicación, durante más de cinco años, a una personal interpretación de los argumentos musicales. Para mí la música es mucho más que arte; o es arte sagrado, como dice el compositor Flammant en la inmensa ópera testamentaria Capriccio de Richard Strauss. La música es mi materia revelada. La compañía de compositores ha sido para mí el mejor camino para vivir una suerte de poética de la conversión, en registro filosófico y religioso, y sobre todo en vena existencial y vital, en línea semejante a la vivida en su día por gloriosos antepasados respecto a los cuales soy el más modesto y tardío de los seguidores: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Dante Alighieri, Francisco de Asís, Juan Sebastián Bach, Antón Bruckner, Gustav Mahler, Arnold Schönberg.
El problema de Dios constituye una inferencia de la cuestión, existencialmente más acuciante, relativa a la posible forma de vida que puede postularse tras la muerte, en la modalidad oriental, cristiana, judía o islámica. O, por el contrario, a la extinción de la vida personal en una Nada absoluta sin remisión (al estilo del «creo en un Dios cruel» de la inmensa aria de Yago en la ópera de Arrigo Boito y Giuseppe Verdi).
En este punto tenía razón Unamuno, el más hondo de nuestros pensadores, que, sin embargo, extremó hasta el absurdo la contraposición entre razón y corazón, sin reconocer una suerte de razón fronteriza que sirviera de mediación. Advirtió con insólita lucidez que la verdadera cuestión filosófica y teológica es la relativa a lo que sucede en y después de la muerte. El tema de Dios es una importantísima derivación de un asunto existencial de inmenso calado. En él se decide quizás el sentido de nuestra vida.

diciembre 18, 2006

¿ES DIOS UN ACCIDENTE?

¿Es Dios un accidente?

Dadas las fechas en las que nos encontramos, esta pregunta podrá considerarse por algunos como bastante irrespetuosa (y hasta herética). Otros, sin embargo, la considerarán muy oportuna. Entre estos últimos se encuentra seguramente Paul Bloom, profesor de psicología y lingüística en la Universidad de Yale, y autor del artículo Is God an accident? (publicado en el magazín The Atlantic Monthly). El artículo aborda, desde el punto de vista de la psicología cognitiva, el análisis de la naturaleza de las religiones, interesándose principalmente por la pregunta: ¿en qué consiste la creencia en lo sobrenatural? La tesis que mantiene está en consonancia con los fundamentos que inspiran esta bitácora, a saber, que la creencia en lo sobrenatural (en Dios) es el resultado de la actividad de nuestro cerebro. Básicamente, Bloom considera que una de las consecuencias de la evolución del cerebro humano es la predisposición a ser dualistas y creacionistas. Lo cual no quiere decir que ser dualistas y creacionistas tenga un valor adaptativo, sino que se tratan de subproductos (podría leerse también como pechinas a lo Jay Gould) de la evolución de dos procesos cognitivos fundamentales: el procesamiento independiente del mundo físico y del mundo social, y la búsqueda constante de causas y efectos. La segunda tesis del artículo es, por tanto, que “la religión no emerge para servir a un propósito sino por accidente”. Esta es la tesis que mantiene entre otros Richard Dawkins en su artículo What use is religion? (publicado en Free Inquiry). Dawkins considera que la pregunta en términos evolutivos acerca de la religión no sería “¿Cuál es el valor de supervivencia de la religión?” sino “¿Cuál es el valor de supervivencia tanto de una conducta individual o característica psicológica no especificada todavía, que se manifiesta, bajo circunstancias apropiadas, como de la religión?”. Bloom intenta en su artículo dar una respuesta parcial a esta segunda pregunta al identificar las funciones neuropsicológicas seleccionadas por su valor adaptativo que en determinadas circunstancias derivan en la creencia en lo sobrenatural. Sin embargo, esta no es una posición consensuada. Baste sólo como ejemplo el comentario del artículo que hace Bob Myers hace en su bitácora Numenware: “Si la creencia en Dios es una pechina (accidente) y es un despilfarro de energía para las especies [como sostiene Dawkins], debería haberse deseleccionado, pero no es eso lo que ha ocurrido. ¿Por qué? ¿O hay ventajas evolutivas para la creencia en lo sobrenatural? Si es así, la historia no está completa hasta que no se identifiquen [dichas ventajas].”
Una conclusión que se deriva necesariamente de los argumentos planteados en el artículo de Bloom es que Dios (lo sobrenatural) no existe más que como actividad de nuestro cerebro. Pero esta conclusión no es tan necesaria ni obvia desde el punto de vista del creyente. Como ejemplo, el artículo de Bloom generó un intenso debate en una bitácora de un defensor del “diseño inteligente” cuya premisa es que “la ciencia no puede probar la existencia o no existencia de Dios” ( argumento que es, básicamente, una falacia). En fin, no sabemos cual pudiera ser el valor evolutivo de la creencia en Dios, si es que lo tiene, pero está claro que es un fenómeno psicológico que afecta profundamente el razonamiento del individuo.

diciembre 07, 2006

ARROGANCIA SIN FUNDAMENTO

Rogelio Rodríguez Muñoz


En uno de sus interesantes libros de divulgación científica --LOS DRAGONES DEL EDÉN— el astrónomo Carl Sagan nos ofrece una figura para concebir adecuadamente nuestro “puesto” en la vida del universo:

“Para expresar la cronología cósmica nada más sugerente que comprimir los quince mil millones de años de vida que se asignan al universo (o, por lo menos, a su conformación actual desde que acaeciera el Big Bang) al intervalo de un solo año. Si tal hacemos, cada mil millones de años de la historia terrestre equivaldrían a unos veinticuatro días de este hipotético año cósmico, y un segundo del mismo correspondería a 475 revoluciones efectivas de la Tierra alrededor del sol”.

En esta imagen, el Big Bang (la “gran explosión” inicial) ocurre el 1 de enero; el origen de la galaxia de la Vía Láctea, el 1 de mayo; el origen del sistema solar, el 9 de septiembre; la formación de la Tierra, el 14 de septiembre; el origen de la vida en la Tierra, aproximadamente el 25 de septiembre; la formación de las rocas más antiguas conocidas, el 2 de octubre; la época de los fósiles más antiguos, el 9 de octubre. Los dinosaurios hacen su aparición en Nochebuena.

En toda esta evolución el ser humano no hace acto de presencia hasta las 22:30 horas de la víspera de Año Nuevo. La historia escrita ocupa los últimos 10 segundos del 31 de diciembre, y el espacio transcurrido desde el ocaso de la Edad Media hasta la época en que vivimos es de poco más de un segundo.

¿No es para pensarlo profundamente? A la vista de lo casi nada que somos los seres humanos en un mundo antiquísimo, no queda más que reconocer que debemos inclinarnos por la humildad. ¡Qué ridícula resulta nuestra soberbia manifestada cuando nos dedicamos a acumular bienes materiales, descuidando la relación con nuestros seres queridos; cuando ávidos de dominar y conseguir poder despreciamos y pisoteamos a nuestros semejantes; cuando nos dejamos vencer por los prejuicios y rechazamos a quienes tienen otra manera de comportarse; cuando nos creemos poseedores de la verdad absoluta y no toleramos a quienes piensan de modo diferente; cuando por ganar dinero destruimos el mundo sin tomar en cuenta que nos fue dado en préstamo por nuestros descendientes; cuando predicando falsos Absolutos e idolatrando dioses por nosotros mismos inventados decretamos identidades impuras y nos dedicamos a la caza de brujas; cuando nos convertimos en señores de la guerra y abrimos las puertas al terror, la violencia y el fanatismo!

El calendario cósmico de Sagan nos enseña que no hay fundamento para nuestra arrogancia. Es hora de preocuparnos de veras por cómo estamos haciendo las cosas.

diciembre 02, 2006

Cuando pensar es jugarse la vida
MONIKA ZGUSTOVA

Pensar ha sido siempre poner en cuestión el orden del mundo. Y el mundo lo ordena el poder. Quien piensa cuestiona, pues, el poder. De ahí que pensar sea una actividad peligrosa.
El asesinato de la periodista rusa Anna Politkovskaia es un ejemplo reciente de lo que decimos, pero no el último. Hace unas semanas, en Barcelona, en el marco de la magnífica fiesta de la literatura que es Kosmopolis, una decena de escritores y editores rusos se reunieron para debatir lo que significa escribir en las sociedades poscomunistas. Mientras lo hacían y exponían sus reflexiones, todavía bajo el impacto de la muerte de Politkovskaia, otro periodista ruso caía bajo las balas de los asesinos.
Desde el siglo XIX, pensar y escribir, además de buscar justicia y reformas, en Rusia ha significado jugarse la vida (por orden de sus censores, Pushkin pasa años en un exilio forzado; también Turguenev, militante de la abolición de la servidumbre en Rusia, se ve obligado a exiliarse; Dostoievski, sentenciado a muerte, pasa años recluido en Siberia; Gumiliov es fusilado; Mandelstam y Babel, entre otros, mueren en el gulag). Más recientemente, los periodistas rusos no son las únicas víctimas de las balas asesinas. Entre los diversos políticos demócratas asesinados está Galina Starovoinova, una de las pioneras de la perestroika: Starovoinova había declarado la guerra al ultranacionalismo ruso, al antisemitismo y al crimen organizado, y en el momento en que la alcanzó la bala de los pistoleros estaba investigando una trama mafiosa. Otro político, el regidor municipal independiente de San Petersburgo, Viktor Novoselov, primero quedó inválido tras un atentado contra su persona para, cinco meses más tarde, ser destrozado por una bomba.
De esta manera, en Rusia se eliminan los obstáculos que impiden la plena y completa posesión del poder y del control absoluto sobre el país. Parece que no fue en vano que Vladímir Putin, antes de convertirse en presidente ruso, pasara por la Alemania del Este como agente del KGB que perseguía cualquier acto subversivo y al mismo tiempo mantenía inmejorables relaciones con empresarios de Alemania Federal.
Alguien puede creer -sin duda lo harán los que defienden el choque de civilizaciones- que esa trágica tradición rusa de castigar, sentenciar o asesinar a sus pensadores deriva del componente asiático de su alma. Pero no nos dejemos arrastrar a esa trampa.
No hay tradición más esencialmente occidental que la griega y latina, y en ella Sócrates fue condenado a morir, Jenofonte y Ovidio desterrados, Platón vendido como esclavo. Sin olvidar los crímenes de la Inquisición y otras instituciones represoras del pensamiento.
Podríamos dejarnos llevar también por el buenismo que tanto impera en la mayoría de nuestras instituciones internacionales y creer como se cree en ellas que el asesinato de periodistas y escritores despierta en la sociedad un claro rechazo. Si así lo hacemos cometeremos otro grave error de percepción. En una de las mesas redondas de Kosmopolis, una joven autora rusa de novelas de superventas, Lilia Kim, declaró que ella y sus amigos están satisfechos con Putin a quien siempre han votado. Desde el público, el historiador ruso Vitali Shentalinski le preguntó si estaba satisfecha también con el hecho de que bajo el Gobierno de Putin se asesinara a periodistas. Lilia, muy segura de sí misma, contestó que lo que le satisfacía era el orden que el régimen de Putin había aportado. Otra voz del público, la de la hija del célebre físico y disidente anticomunista Andrei Sájarov, al borde de las lágrimas, le preguntó a la joven autora si entendía como orden matar a los intelectuales. Sí, dijo Lilia sin vacilar: el orden es lo primero, y si para mantenerlo es necesario matar, qué le vamos a hacer.
Así pues, para gran parte de los rusos, el asesinato de Politkovskaia y de decenas de otros intelectuales es un mal menor y necesario. Y es que una gran parte de la sociedad rusa se ha cansado de la democracia y da el visto bueno a los llamados silovikí, los forzudos. Una gran parte de los rusos apuesta por la fuerza como motor del Estado. Hasta una de las canciones más populares de rock duro ruso está dedicada a Putin y sus forzudos: "Quiero a un hombre como Putin, lleno de fuerza", cantan las adolescentes Larisa, Natasha e Ira. Los que hoy reprimen a través del asesinato y otras prácticas "la funesta manía de pensar" reciben la aquiescencia de buena parte de la sociedad, incluidas las generaciones más jóvenes.
De nuevo podemos sucumbir a la tentación de creer que entre nosotros los occidentales no puede llegar a ocurrir que un escritor o un periodista acepte como necesaria la muerte de otro. Pero recordemos que desde que Aristófanes, en su comedia Las nubes, provocaba las risas del público poniendo en escena el asalto de un grupo de fanáticos incendiarios a la casa de Sócrates, pasando por Sartre, De Beauvoir, Aragon y Eluard exigiendo la pena de muerte para el novelista antisemita Robert Brasillach, hasta llegar a las diatribas promoviendo el boicot violento a creadores que se lanzan hoy desde algunos medios de comunicación españoles, los ejemplos de escritores que callan ante la violencia ejercida contra sus colegas son diversos, como también lo son los casos de cerrar los ojos ante el boicot a algunos profesores árabes en las universidades norteamericanas.
Lo que ocurre hoy en Rusia no es un caso aislado, circunscrito a ese país. No. Rusia anticipa una tendencia creciente de los poderes que hoy diseñan el orden de nuestro mundo: la tendencia a acallar por diversos métodos a los que ponen en cuestión el ordenamiento vigente. Esos métodos, eso sí, suelen ser más sutiles que los utilizados en Rusia: retirarles las subvenciones, no programándolos en espacios oficiales, cerrándoles las puertas a los medios de comunicación de un grupo.
Octavio Paz ya previno que en unas pocas décadas los escritores y pensadores deberían refugiarse en monasterios remotos para, lejos de los ojos de un mundo hostil, conservar la tradición del saber, como hicieron los monjes en la Irlanda del siglo VII. Si queremos evitar que el temor de Paz se haga realidad y que pensar no sea una profesión peligrosa, es imprescindible asumir la diversidad y el conflicto como algo constitutivo de las sociedades humanas y defender el derecho de cada ciudadano a poner en cuestión las tradiciones heredadas, a reírse de cualquier verdad comúnmente aceptada, como antídoto para evitar que despierte la bestia oscurantista y recelosa que anida en cada uno de nosotros.