Un faro cultural

febrero 14, 2007

CALENTAMIENTO GLOBAL: El nuevo pecado de la humanidad


Después de décadas en que el tema parecía ser bandera excluyente de ecologistas radicalizados y científicos locos, el fenómeno del cambio climático acapara hoy la agenda internacional. ¿Cuál es la verdadera gravedad del problema?

Por Juana Libedinsky

"La pistola humeante se encuentra sobre la mesa". Así, resumidas en esa frase categórica, el científico Jerry Mahlman calificó las conclusiones del informe de la Comisión Internacional para el Cambio Climático (CICC) que se difundieron en París, despertando gran expectativa en todo el mundo. Y aunque Mahlman, encargado de revisar las mil 600 páginas del estudio, estima que buena parte del proceso de calentamiento global es todavía reversible, también cree que cuanto más esperemos, más serio se volverá el problema.Después de décadas en que el tema parecía ser un granito de arena agigantado por la retórica de militantes radicales, científicos locos o filmes del cine de catástrofes, por interés genuino o por cálculo electoral o económico, el fenómeno del calentamiento global está ahora entre los temas más acuciantes de la agenda internacional. Bush se comprometió a limitar los combustibles; diez grandes empresas norteamericanas (entre ellas, General Electric, DuPont, Caterpillar y BP America) pidieron al gobierno de EE.UU. una reducción del 10 al 30 por ciento en las emisiones de dióxido de carbono en los próximos 15 años; y en el encuentro de Davos, Suiza, los máximos líderes políticos y empresariales del mundo coincidieron en definir el problema climático como el tema más importante para el planeta, pero también como aquel para el que estamos menos preparados.
Ya antes del informe de la CICC, la entrega del reporte que el gobierno británico había encargado a Nicholas Stern, ex economista jefe del Banco Mundial, elevó los niveles de alarma sobre el tema. En parte, porque sus conclusiones eran bastante catastróficas –si no se adoptan medidas, dijo, la temperatura subirá unos cinco grados centígrados en los próximos 100 años y los efectos negativos del proceso podrían costarles a las economías del mundo más que la Primera o la Segunda Guerra Mundial– y, en parte, porque la voz de alarma provenía del corazón del sistema capitalista.Lo cierto es que si hay dos palabras que resumen el espíritu de la época en este comienzo de 2007, éstas son "cambio climático". Pero son palabras que llegan cargadas de polémica, tanto porque todavía hay científicos que descreen –del fenómeno o de sus consecuencias– como por los efectos políticos y económicos que ya empiezan a hacerse sentir."Hemos llegado a un punto de inflexión en cuanto a lo que el público percibe de un tema que toca al corazón de la civilización tal como la conocemos hoy, dependiente de los combustibles fósiles y de la tierra reconvertida para la agricultura", explicó Cynthia Rosenzweig, especialista en clima de la NASA.MANEJANDO CON LOS OJOS VENDADOSSin embargo, eso no parece responder de manera categórica a las preguntas más acuciantes: ¿en qué punto de peligro está el planeta exactamente?, ¿qué barreras ya hemos pasado que no tienen vuelta atrás y cuáles estamos a tiempo de corregir con las medidas correctas? Y, sobre todo, ¿cuáles son esas medidas?Según Chris Flavin, presidente de World-Watch, organización líder en temas climatológicos, no hay respuestas fáciles a estas preguntas. "Lo más escalofriante es que no podemos saber exactamente dónde estamos parados, porque todo es muy complejo. Lo que es seguro es que hemos pasado ciertos puntos de inflexión, y aunque reduzcamos las emisiones, no está claro cuánto podamos volver atrás. Hay que imaginar que estamos en un auto, manejando con los ojos vendados hacia un precipicio. No sabemos a ciencia cierta qué hemos dejado atrás, lo único que está claro es que cuanto antes apretemos el freno, antes evitaremos la catástrofe".Vijay Vaitheeswaran, autor de Power to the people: How the coming energy revolution will transform an industry, change our lives, and maybe even save the planet y editor de energía y medio ambiente para la revista The Economist , señala al menos una tendencia irreversible: "El nivel de las aguas va a subir aun si limitamos las emisiones de dióxido de carbono, y afectará a todas las ciudades costeras".Pero si alguien puede poner en claro hasta qué punto el debate divide a los científicos, ése es Richard Lindzen. Profesor de física atmosférica y meteorología del MIT, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y el más renombrado crítico de las teorías sobre calentamiento global de origen antropogénico, Lindzen considera que la Tierra es un planeta muy dinámico, y su dinamismo tiene poco que ver con el hombre. Más aún, señala que tendencias climatológicamente relevantes sólo pueden ser determinadas tras el análisis de largos períodos, típicamente de 100 años o más. Lindzen duda, incluso, de que haya habido un cambio irreversible. "Hay más dióxido de carbono en la atmósfera. Esto no va a cambiar el clima, pero sí tendrá algunos efectos. Por ejemplo, plantas que necesitarán menos agua, con lo cual se afectará positivamente la producción de alimentos", dice.Sospechas contra la teoríaSi todavía hay tanta discusión, ¿por qué el Presidente Bush, después de haberse resistido durante años a que EE.UU. firmara el protocolo de Kyoto, decidió anunciar medidas contra el calentamiento global en su reciente mensaje al Congreso?Lindzen vuelve a las respuestas tajantes: "Bush no es un científico, y lo que dijo es el resultado de presiones en un momento de histeria. Hablar del comportamiento extraño del clima es parte del folclor de los diarios. El tema es cómo se explica este cambio. En el siglo XVI se quemaban brujas. Ahora estamos haciendo lo mismo en este nuevo acercamiento medieval a la naturaleza, desesperados como estamos por echarle la culpa a algo o a alguien de lo que no entendemos. Durante las últimas dos décadas se ha probado una y otra vez que las predicciones alarmistas eran erradas, pero la gente las cree cada vez más. Lo más triste es que es un proceso que va a atrasar a la sociedad y que va a costar millones de dólares en pérdidas de puestos de trabajos y en el aumento de la burocracia para controlar emisiones", dijo.Sin embargo, aunque la posición de Lindzen es cada vez más minoritaria, su reflexión sobre el nuevo sistema a que obligaría el cambio de combustibles, por ejemplo, apunta a las relaciones -nunca suficientemente claras- entre ecología, política y negocios.Porque, naturalmente, toda regulación y límite implica costos y burocracia. ¿Por qué algunas de las más importantes empresas de EE.UU. están tan apuradas ahora por introducir controles externos sobre sí mismas? Más allá de que puedan tener genuina conciencia verde, Chris Flavin señala dos puntos fundamentales. Por un lado, dado que ciertos estados como California están adelantados en cuanto a legislación, les es complicado tener que lidiar con ellos separadamente y prefieren que se introduzca una política nacional unificada. Por otra parte, sienten que si la legislación que busca limitar el calentamiento global se aprueba durante la presidencia de Bush, no va a ser tan dura como si ocurriera con un próximo primer mandatario, posiblemente demócrata. Y no falta tanto para las elecciones.Lindzen tiene una visión más cínica aún. Pese al impacto que causó el documental de Al Gore Una verdad inconveniente, planteado como un urgente llamado a entender la gravedad del peligro, el científico del MIT se permite incluso dudar de las intenciones reales del político demócrata."Para las empresas es simplemente una manera de hacer dinero. Algunas son compañías financieras que se van a beneficiar con la compra y venta de los permisos, y van a ganar millones de la nada. Por algo Al Gore está asociado a una buena cantidad de bancos de inversión, sentado en sus directorios. Además, las grandes compañías pueden apoyar las restricciones a la emisión, porque saben que les pueden transferir el costo a sus consumidores, cosa que sus pequeños competidores no pueden hacer", subrayó. Para Lindzen, por ejemplo, el informe Stern ya fue desafiado seriamente aun por científicos que apoyan visiones bastante alarmistas. "Stern simplemente le dio a Blair el documento que justificaba lo que Blair quería decir".¿Qué hacer ante posiciones tan antagónicas? Según Vaitheeswaran, siempre va a existir incertidumbre, porque el sistema climático es el más complicado que conocemos. Pero hay tres puntos que en los últimos años han ganado consenso aun entre los críticos de los escenarios catastróficos relacionados con el calentamiento global: 1) la Tierra está calentándose; 2) el uso de combustibles de origen fósil contribuye al problema, y 3) si no hacemos nada, puede ser que haya consecuencias devastadoras.Para Vaitheeswaran, ese "puede ser" no debería dejarnos inmóviles. "No podemos darnos el lujo de esperar a que la ciencia avance y nos dé una certeza total, porque podría ser demasiado tarde, y la vida está compuesta por decisiones que debemos tomar en situaciones de incertidumbre. Actuar ahora es como sacar un seguro contra incendios. Y, por las dudas, además debemos tener siempre extintores cerca".Cómo borrar las "huellas de carbono"Hay coincidencia generalizada en que es necesario poner un límite total a las emisiones de dióxido de carbono de la industria y, debajo de este límite, permitir a las distintas compañías comprar y vender sus permisos de emisión. Además, hay que acelerar el uso eficiente del combustible y desarrollar fuentes de energía alternativas, como eólica y solar."Los problemas pueden ser resueltos", dijo Richard B. Alley, profesor del Departamento de Geociencias de la Pennsylvania State University que participó en el encuentro en París. Un informe del gobierno alemán estimó que se podría solucionar el efecto invernadero a un costo de aproximadamente el 1 por ciento de la economía mundial. "Probablemente gastamos mucho más que eso ahora solucionando otros problemas. Aun así, es caro, así que requiere de la acción conjunta de gobiernos e individuos".Kevin Trenberth, investigador senior del National Center for Atmospheric Research, también estuvo en París, y señaló que el abordaje del problema debe tener tres aristas: la mitigación para frenar el problema; el reconocimiento de que el cambio climático está aquí y prepararse para sus consecuencias y, finalmente, la construcción de una base de observación, para poder registrar el cambio climático en tiempo real y poder planear mejor.En cuanto a las conductas individuales: un uso más cuidadoso de la energía en el hogar y la reducción al mínimo del uso de autos con combustible tradicional. Hay sitios web como www.carbonfootprint.com que ayudan a las personas a calcular cuánto mal hicieron con su consumo y cómo ir borrando sus "huellas de carbono", como se llama a estos nuevos pecados.

© La Nación de Argentina/GDA

En internet: vea una infografía sobre el tema en www.elsabado.emol.com

febrero 02, 2007

Cinco prioridades frente al cambio climático
JEREMY RIFKIN 01/02/2007
El País, Madrid

El esperado informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU se presenta mañana en París. Los hallazgos son desalentadores. El informe dice que es probable que la temperatura global aumente tres grados en este siglo, un nivel térmico que no se ha visto en la Tierra desde la era del Plioceno, hace tres millones de años. Los científicos advierten que un cambio climático provocado por el hombre de esta magnitud amenaza el futuro del planeta y de la civilización. La pregunta que todo el mundo tiene en mente es qué se puede hacer.
Existen cinco pilares que debemos colocar para afrontar el desafío del calentamiento global y apuntalar los cimientos de la era posterior a la energía del carbono: maximizar el ahorro de energía en el consumo de combustibles fósiles; reducir las emisiones de gases que provocan el calentamiento global; optimizar la introducción comercial de energías renovables; introducir una tecnología de pilas de combustible de hidrógeno para almacenar energía renovable, y crear redes inteligentes para distribuir la energía por los continentes. Juntos, estos cinco pilares son el marco para una tercera revolución industrial.
A corto plazo, el medio más rápido para abordar el calentamiento global es reducir el consumo de combustibles fósiles al menos en un 20%, introduciendo nuevas tecnologías para ahorrar energía y mejores prácticas en hogares y empresas.
En segundo lugar, los gobiernos deben imponer límites al carbono y establecer un mecanismo aplicable que obligue a reducir de aquí al 2020 en un 30% (con respecto a los niveles de 1990) las emisiones de CO2 y otros gases que contribuyen al calentamiento global. Y esto es un mínimo.
En tercer lugar, todos los países poseen un gran potencial de energías renovables en forma de energía solar, eólica, hidrológica, geotérmica, biomasa o energía de las olas. Los gobiernos deberían establecer un parámetro aplicable para la producción a partir de fuentes energéticas renovables de un 33% de la electricidad de cada país y de un 25% de su energía total en 2020.
En cuarto lugar, todos los países deberían asumir un compromiso a largo plazo para realizar la transición a una era del hidrógeno, que es el elemento más ligero y abundante del universo, y que, cuando se utiliza como fuente de energía, sólo tiene como subproductos el agua pura y el calor. El hidrógeno es la última fase que nos llevará a una era posterior al carbono.
¿Por qué el hidrógeno? Porque es el mejor medio para almacenar energía renovable, tanto para la red eléctrica como para el transporte. Es importante subrayar que una sociedad de la energía renovable es imposible a menos que la energía pueda almacenarse en forma de hidrógeno. Ello se debe a que la energía renovable es intermitente. El sol no brilla siempre, el viento no sopla constantemente, el agua no siempre fluye cuando hay sequía, el rendimiento agrícola varía. Las pilas de combustible alimentadas con hidrógeno ofrecen un medio para almacenar energía renovable y garantizar un suministro fiable para la red eléctrica y el transporte.
En quinto lugar, debemos reconfigurar las redes eléctricas de cada país. Podrían utilizarse los mismos principios de diseño y las mismas tecnologías inteligentes que hicieron posible Internet: una red amplia y descentralizada de comunicación global para reacondicionar la red eléctrica de una nación, lo cual permitiría a las empresas, los propietarios de viviendas y otros consumir energía de manera más eficiente, crear más facilmente su propia energía renovable y revender su excedente eléctrico a la red.
Algunos analistas del sector energético proponen añadir a la red una nueva generación de centrales eléctricas de "carbón limpio". El sector afirma que tal vez sería posible capturar el dióxido de carbono de las centrales de carbón y almacenarlo bajo tierra o en las profundidades del océano. Pero muchos científicos sostienen que no es seguro que la tecnología de captura y almacenamiento de carbono sea comercialmente viable en las próximas décadas.
Otros abogan por un mayor uso de la energía nuclear, pero ello aumentaría enormemente la cantidad de residuos radioactivos peligrosos, plantearía graves amenazas para la seguridad en una era de terrorismo e incrementaría en gran medida el coste que contribuyentes y consumidores han de pagar por su energía. Aun así, no podrían incorporarse a la red centenares de nuevas centrales nucleares hasta 2025 o 2030, tarde para abordar el aumento de emisiones de dióxido de carbono.
La creación de un régimen de energía renovable, una tecnología de pilas de combustible de hidrógeno y redes eléctricas inteligentes abre la puerta a una tercera revolución industrial y debería tener un efecto económico multiplicador tan fuerte en el siglo XXI como la introducción de las tecnologías del carbón y el vapor en el siglo XIX, y el petróleo y el motor de combustión interna en el siglo XX.
Con las primeras pilas de combustible portátiles, que se prevé estarán en el mercado en 2007, los consumidores podrán cargar sus teléfonos móviles, ordenadores portátiles, cámaras digitales, reproductores de Mp3 y PDA entre ocho y trenta y cinco horas con un solo cartucho. Los principales fabricantes de automóviles han invertido miles de millones de euros en el desarrollo de coches, autobuses y camiones que funcionen con hidrógeno. Se están probando autobuses y camiones alimentados por hidrógeno en carreteras de toda Europa, y se espera que los primeros vehículos producidos en masa lleguen a los salones de exposición entre 2012 y 2014. California, la sexta economía más importante del mundo, trabaja activamente por un futuro dominado por el hidrógeno, al igual que otras regiones de todo el planeta.
Los combustibles fósiles y la energía nuclear son energías de élite que representan el viejo planteamiento verticalista y centralizado para la gestión de recursos que fue tan representativo de los siglos XIX y XX. Como sólo se encuentran en algunos lugares, el carbón, el petróleo, el gas natural y el uranio han requerido enormes inversiones militares para garantizar su seguridad y unos desembolsos de capital elevados para procesarlos y comercializarlos. El resultado ha sido un desequilibrio cada vez mayor entre quienes poseen y producen energía y los que carecen de energía en un sentido literal y figurado.
Sin embargo, hay energía renovable por toda la Tierra. Es fácil acceder al caudal solar, a la energía eólica, hidrológica y geotérmica, a los residuos agrícolas y forestales... y a la basura municipal en todo el mundo. Si se reúne y almacena en forma de hidrógeno y se disemina a través de redes eléctricas inteligentes, la energía renovable tiene potencial para ser compartida de igual a igual y de manera repartida como ahora compartimos información y comunicación en Internet. Una economía verde y sostenible basada en el hidrógeno significa "poder para el pueblo" en el siglo XXI.
Jeremy Rifkin es autor de La economía del hidrógeno (Paidós).

enero 26, 2007

SOCIEDAD LAICA

SOCIEDAD LAICA Y TRASCENDENCIA

Salvador Paniker


La tesis de este artículo es sencilla: en la actualidad, donde mejor puede prosperar el sentido de la trascendencia es en una sociedad plenamente secularizada. La idea es que si se alcanza realmente la libertad secular civilizada, surge espontáneamente la sacralidad del origen, que es también la trascendencia, lo "místico". Y atención, ya sé que hay personas -y de las intelectualmente más respetables- que en cuanto escuchan palabras como trascendencia y mística echan a correr. Pero ello se debe, ante todo, a un malentendido. Ha habido demasiada cantidad de charlatanes en este territorio. Digamos aquí que cuando hablo de trascendencia, para que nos hagamos una primera idea, me refiero, por ejemplo, a lo que uno siente escuchando una sonata de Bach, o perdiéndose en una noche de luna llena. Y cuando hablo de mística lo hago, ante todo, con un alcance experimental a la vez transpersonal y cotidiano. Para mí, la mística arranca de la capacidad de vivir aquí y ahora, de trascender el tiempo, de volcarse en algo que a uno le importe más que sí mismo, de sentir el mundo como la prolongación del propio cuerpo, y, en el límite, de vislumbrar la no-dualidad originaria previa a cualquier concepto.

Pues bien, digo que una sociedad secularizada y laica, es ya la única en la que puede brotar íntimamente, sin estorbos, la trascendencia. Porque de entrada se desaloja cualquier institucionalización oficial de "lo sagrado", y así se suprimen interferencias y quedan, por ejemplo, neutralizadas las voces que degradan el misterio en dogmas pueriles. El caso es que una sociedad laica es una sociedad presidida por la libertad de conciencia. Una sociedad laica y secularizada es pluralista -secularización y pluralismo son casi sinónimos- y en ella cada cual puede adoptar la concepción del mundo que mejor se le acomode. El gran adelanto de una sociedad laica y democrática es que es capaz de mantener la cohesión social sin necesidad de restringir la libertad de conciencia. La vertebración moral de la sociedad ya no corre a cargo de ninguna iglesia. Más todavía: la sociedad laica es post-filosófica en el sentido de que ni siquiera tiene necesidad de una teoría universal de la verdad. (El neopragmatismo de un Rorty es aquí más representativo del espíritu de nuestro tiempo que el neouniversalismo de un Habermas). Dentro de este ámbito de libertad interior, la apertura a lo trascendente brota, como digo, espontáneamente, hija de la misma hondura de lo real, sin necesidad de comulgar con ruedas de molino.
Y adviértase que esta apertura espontánea a lo trascendente la encontramos ya insinuada en las mismas religiones institucionales. Así, todas ellas admiten la llegada de un momento en que el ego llega a su límite y se trasciende espontáneamente. Los cristianos hablan de gracia, los sufíes de fana, los hindúes de prajña, los budistas de bodhi. Los chinos nombran a la naturaleza con la palabra ch'i lan, que significa aquello que sucede por sí mismo, y no por mandato o control de una entidad exterior. Los taoístas enseñan que el bien sólo se propaga espontáneamente -en chino: tzu-jan.
En todo caso, está en el aire un modo libertario de vivir la trascendencia. En Occidente, por ejemplo, ya se sabe que asistimos a una profunda revisión del fenómeno religioso, con la correspondiente crisis del cristianismo institucional. Así, sucede que los "cristianos sin Iglesia" -por retomar una vieja expresión de Kolakowski- han dejado de constituir un fenómeno marginal para convertirse en el caso común. Surge un cristianismo desinstitucionalizado, fluctuante. Los ritos de paso, como el bautismo o el matrimonio religioso, retroceden. Crece, en cambio, la conciencia del carácter polisémico de los significantes religiosos, ante todo el de Dios. El cristianismo deja de ser un sistema globalizante unificado para convertirse en un
conjunto de piezas sueltas que cada cual aglutina a su manera. Es el auge de la "religión a la carta". Es el rechazo del concepto de ortodoxia en beneficio del principio de soberanía individual. La consecuencia, en nuestras latitudes, es que la mayoría de los antiguos creyentes tienen, hoy, unas convicciones religiosas muy confusas, a menudo eclécticas, y que, la gente, más que en Dios o en la Iglesia, cree en algo difuso. A un célebre director de cine americano le preguntaron recientemente: "¿Usted cree en Dios?"... y el hombre respondió, haciendo un gesto vago: "Hombre, yo creo que hay algo por ahí...".
En todo lo cual también influye la crisis de la teología tradicional en el contexto de la nueva visión científica del mundo. Científicamente, el "dios tapagujeros" (Bonhoeffer) no hace ninguna falta. Dicen que el Papa Pío XII estaba entusiasmado con la teoría del Big Bang, porque así resultaba que alguien tenía que haber puesto en marcha el universo. Aquel Papa era muy superficial, aunque muy elegante. Su interpretación del Big Bang era una aplicación pre-crítica del viejo y desgastado principio de causalidad. La Relatividad y la Física Cuántica nos pueden ser aquí de utilidad. Porque la idea de causalidad pertenece al espacio-tiempo. Y no tiene sentido aplicar la noción de causalidad a un suceso que es previo a la aparición del espacio-tiempo. Recordaré una frase de Paul Davies, glosando las ideas de Stephen Hawking: "Siendo el universo internamente consistente y autocontenido, su existencia no requiere nada exterior a él, no precisa ser puesto en marcha por nadie".
¿Conduce todo esto al ateísmo? A mi juicio, conduce, más bien, a un cierto agnosticismo místico. Veamos. Hay algo de demasiado fácil en el ateísmo. Ciertamente, el mundo está enteramente abandonado a las fuerzas naturales, y un sentido ingenuo de lo sobrenatural es incoherente. Por esto resulta relativamente sencillo ser ateo. Lo que ocurre es que los argumentos del ateísmo resultan, al final, tan inútiles como los de quienes pretenden demostrar la existencia de Dios. En contra de la opinión de Richard Dawkins, no creo que la Ciencia tenga nada que decir al respecto. Dawkins piensa que la evolución revela un "universo sin diseño", un universo con una "despiadada indiferencia" en relación a los seres vivos. Y sin duda tiene razón. Pero ¿qué tiene ello que ver con la cuestión de la trascendencia? Quiero decir que Ciencia y Mística discurren en planos diferentes. Ya en su día David Hume había criticado el argumento científico del "diseño" biológico como prueba de la existencia de Dios. Pero hubo que esperar a El origen de las especies de Darwin para rematar intelectualmente esa crítica. Más adelante, el argumento del diseño ha reaparecido, en un contexto cosmológico, con el llamado Principio Antrópico. Pero también esta postura ha sido desmontada. (Bertrand Russell comentó sarcásticamente que para un Ser Omnipotente, disponiendo de miles de millones de años para experimentar, el haber conseguido crear finalmente un producto como el animal humano no es un resultado muy brillante). Insisto pues: cualquier intento de introducir a la divinidad desde la Ciencia está condenado al fracaso. Ahora bien, por la misma razón, cualquier intento de negar a la divinidad desde la Ciencia también es inútil. Ateísmo y teísmo remiten a un mismo tipo de racionalismo chato. Carecen de sensibilidad metafísica, la que hacía decir a Chuang-tzu que "al Tao no se lo puede expresar ni con palabras ni con silencio".
Pienso, pues, que se avecinan unos tiempos en que la indispensable laicidad de la sociedad va a servir, entre otras cosas, como marco para una nueva creatividad numinosa que conduzca a una renovada vivencia de lo trascendente. Se descubrirá que el relativismo es resacralizador -despeja el inmenso hueco de la trascendencia-, y que no hace falta ninguna autoridad religiosa para preservar ese ámbito trascendente. Liberado el espacio de dogmas absolutos, queda franco el camino. Conduciendo las opciones hasta el límite, surge la paradoja de que Ciudad Secular y Ciudad Sagrada son el haz y el envés de una misma realidad. Quiere decirse que si la modernidad nos convirtió a todos en eunucos místicos, hoy, desde "la noche oscura" del relativismo postmoderno, podríamos estar recuperando la potencia perdida.
Peter Berger ha escrito que "si algo caracteriza a la modernidad, es la pérdida del sentido de la trascendencia". Pues bien, aquí sostengo que la postmodernidad, precisamente desde la catarsis de su lúcido nihilismo, vuelve a abrirse a la trascendencia. Sostengo que, más allá de la pandemia de trivialidad que nos invade, el sentido de la trascendencia, lo mismo que el arte, no ha muerto, toda vez que se inscribe ya en nuestros genes. Sostengo que da un poco igual declararse ateo o creyente, que lo que cuenta es una buena paideia laica y, con ella, la recuperación de la potencia mística, el sentido de lo real. Consigamos que la sociedad genere ciudadanos responsables y solidarios, y ellos mismos descubrirán la trascendencia. O, mejor dicho, la trascendencia descenderá sobre ellos. De ahí que se me antojen inútiles las condenas al relativismo y a la religiosidad anárquica: precisamente la sociedad secularizada es la que mejor puede hacer brotar una trascendencia íntima, espontánea, experimental. Donde cada cual sea el dueño de su castillo y el autor de su propia música.

enero 08, 2007

SI SOMOS LAICOS.....

Si somos laicos, nos sentimos iguales

FERNANDO SAVATER, FILOSOFO
Qué es la laicidad? Es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título particular) de las creencias de cada cual. La liberación es mutua, porque la política se sacude la tentación teocrática pero también las iglesias y los fieles dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas en muchos países totalitarios. Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc.) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia.No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Quizá en España llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos "monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista.En todo caso, la época no parece favorable a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas y sepulcros milagrosos, templarios —¡muchos templarios!— y batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón: qué lata. En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones, en cuanto se reúnen los expertos para planearla, resulta que la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura, no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más apasionante de las demás. A no ser, claro, que también seamos "asimétricos" en esta cuestión. Hace un par de años, coincidí en un debate en París con el ex secretario de la ONU, Butros Gali. Sostuvo ante mi asombro la gran importancia de la astrología en el Egipto actual, que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente, señalé que la astrología es tan pintoresca como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o Caracas.
Butros Gali me informó que precisamente esa opinión constituye un prejuicio eurocéntrico. No pude menos que compadecer a los africanos que dependen de la astrología mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología o la biogenética. Quizá el primer mandamiento de la laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana: "No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre de otro mundo que es inexistente".

diciembre 29, 2006

ASESINOS DEL FUTURO

Asesinos del futuro

Por José Manuel Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.
No existe peor crimen que negar oportunidades a aquellos que, en principio, tienen toda la vida por delante, una biografía por construir. De hecho, algunos de los logros más nobles de los humanos surgieron de intentar derribar barreras que obstaculizaban el libre desarrollo de las personas, para conseguir que el largo camino que conduce de la cuna a la tumba sea independiente del origen social, el sexo o la raza. Muchas, aunque no todas ni en todas partes, de esas barreras han sido o están siendo abolidas. Podemos, en este sentido, mirar al futuro con esperanza. Nuestras hijas tendrán más oportunidades que sus madres, salvo en todos esos países en que ni mostrar su cara pueden. Es cierto que la condición económica y cultural de nuestros progenitores nos puede facilitar o dificultar la vida, pero no al extremo de lo que sucedía en otras épocas. Es, asimismo, más fácil desenvolverse hoy para todos los que sufren minusvalías físicas, y lo será más aún el día de mañana, de la mano de los avances de las ciencias biomédicas, que contribuirán además a que muchos males congénitos sean menos frecuentes… si, claro está, no se impone la opinión de aquellos que desde sus creencias religiosas se empeñan en hipotecar futuros personales.
El futuro podría, por tanto, ser mejor. Y, sin embargo, parece que no lo será. Es muy posible que generaciones futuras consideren a nuestro tiempo, no con calificativos como los Siglos de la Ciencia o de los Derechos Civiles, como la Era de la Información o de la Nueva Biomedicina, sino como la Edad de los Asesinos de la Tierra, y que escupan sobre nuestra memoria, maldiciendo el recuerdo de aquellos que, sabiendo lo que hacían, con sus acciones modificaron radicalmente el clima y naturaleza física de la Tierra. Somos, para decirlo brevemente, unos asesinos del futuro, del futuro de los millones y millones de personas que vendrán después de nosotros. De personas y de especies; de, en definitiva, biodiversidad.
Durante las últimas semanas se está hablando mucho de este asesinato, aunque algunos no lo reconocen como tal, argumentando que existe todavía mucho que desconocemos en los procesos que rigen el clima, y que aún tenemos tiempo. No sé si todavía disponemos de tiempo; cada vez son más los que piensan que ya hemos cruzado la frontera y que lo único que podemos hacer es minimizar las consecuencias y prepararnos para el cambio climático que habrá de venir. Pero aunque todavía tengamos tiempo, aunque existan incógnitas científicas, con los datos de que disponemos sería criminal no tomar medidas.
La reciente difusión del denominado “Informe Stern” sobre la economía del cambio climático, y la celebración de la Conferencia del Clima en Nairobi, han intensificado la aparición del problema en los medios de comunicación. Naturalmente, esto es una buena noticia, pero no sin sombras. En cuanto al “Informe Stern”, presentado por el primer ministro británico Tony Blair, merecen ser comentados al menos dos aspectos. El primero tiene que ver con el hecho de que Blair se encuentra al final de su mandato. ¿Es que no tenía conciencia del problema antes, y ha tenido que esperar a un informe cuyo contenido a pocos debería sorprender? Lo que necesitamos no son políticos alejados del poder que se convierten en voceros de los peligros medioambientales y climáticos que nos aguardan, sino gobernantes en activo que actúen. Todos somos responsables del deterioro que está sufriendo el planeta, pero nadie es más culpable que aquellos que disponen de toda la información, y que además tienen poder para tomar medidas.
El otro aspecto del “Informe Stern” que quiero comentar es el de su carácter económico. Es, parece, característico de nuestra civilización que veamos casi todo a través de su valor económico. Todo, humanidad incluida, tiene precio. Y así en este informe nos encontramos con pasajes del tipo de: “Debemos considerar el mitigar los efectos -tomar acciones duras para reducir las emisiones- como una inversión, un coste en el que incurrimos ahora y las próximas pocas décadas para evitar los riesgos de muy severas consecuencias en el futuro… La evidencia es que ignorar el cambio climático dañaría en su momento el crecimiento económico” (se estima que la economía mundial caerá un 20% si no se frena el calentamiento del planeta). Reducir el dolor, el desamparo tiene en este caso valor económico, pero ¿y si no lo tuviera?
Con respecto a la Cumbre del Clima de Nairobi, el resultado no es tampoco demasiado alentador, aunque vaya en la dirección correcta. Los países desarrollados han pactado que en el futuro reducirán un 50% sus emisiones de gases de efecto invernadero. El calendario se empezará a discutir dentro de dos años y se espera comenzar a actuar hacia 2012, con el 2050 como horizonte para lograr la reducción anunciada. Política y económicamente puede ser una agenda razonable, pero no desde luego desde el punto de vista de la salud del planeta, estando como estamos al borde, si es que no lo hemos sobrepasado ya, del punto de no retorno. Y mientras llega 2012, los países desarrollados continuaremos con nuestra criminal política energética.
De hecho, la Cumbre del Clima no debería haberse celebrado en Nairobi, sino en la sede de la Organización de las Naciones Unidas. Tendría que haber sido un asunto de Estado mundial, en el que, entre otros puntos, se hubiese discutido en profundidad la actitud de Estados Unidos, que aún no ha firmado el Protocolo de Kioto, siendo como es responsable del 27% de emisiones de dióxido de carbono (no olvidemos que España, que sí firmó el Protocolo, está incumpliendo aquello a lo que se comprometió). Resulta que la ONU vale para imponer sanciones a, por ejemplo, Irán o Corea del Norte por querer poseer armamento nuclear (que tienen no sólo Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña o Francia, entre otros, sino también Israel), pero no para intentar castigar por un crimen de futuro como es contribuir a hacer menos habitable la Tierra.
Cuando veo esas fotografías que aparecen en los periódicos, glaciares que han desaparecido en el lapso insignificante de apenas una vida humana, especies animales que agonizan, antes de extinguirse, delante de nuestros ojos, me duele de manera casi insoportable. No por mí, sino por nuestros descendientes. De hecho, sufro incluso más por la indignidad del comportamiento criminal del que participo. Seré recordado, ay, como miembro de una tribu global de asesinos. De asesinos del futuro.

Preludio de Navidad
19 de Diciembre de 2006
Por Eugenio Trías, filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO
En una cena de amigos y familiares, el pasado verano, se inició la conversación por las acostumbradas rutas de la política local. Para evitar una estéril y tediosa incursión en los tópicos de siempre, que en los últimos tiempos pueden dar lugar a viscerales enfrentamientos, se me ocurrió dar un giro a la conversación suscitando un tema diferente -y algo exótico-, un tema que a todos nos importa (tanto o más que el pronóstico respecto a elecciones próximas). Comencé, de forma socrática, a interrogar a unos y a otros sobre sus creencias relativas a lo que sucede tras la muerte: ¿es la muerte el fin definitivo de nuestra vida? ¿O es el inicio de una vida diferente?
Les dije que deseaba proponer un tema de conversación menos coyuntural. «Quería preguntaros -les dije- qué opinión tenéis sobre lo que sucede tras la muerte». Alguien manifestó extrañeza ante tamaña extravagancia. Pero con sorpresa me di cuenta de que había sembrado una interesante semilla que no tardó en crecer y madurar. Poco a poco se fue animando la conversación. Se fue produciendo una conflagración de opiniones distintas. Algunos confesaron que habían pensado en profundidad en el asunto, otros seguían mirándome extrañados y sorprendidos. Pero todos quedaron intimidados y concernidos.
Pude comprobar una cosa: el número de personas que creían en alguna forma de supervivencia tras la muerte era, por lo menos, tan relevante y significativo como el de aquéllos que, o bien habían optado por creer que la muerte significa el fin final definitivo de nuestra existencia personal, o los que profesaban, bajo forma de agnosticismo, una radical suspensión de juicio. Pero hice también otra interesante averiguación: quienes creían en formas de supervivencia, fuese en términos de reencarnación, de fusión con la energía cósmica, o de resurrección de la carne en términos escatológicos, no eran necesariamente personas confesionales, o creyentes de un credo religioso.
Incluso advertí formas de larvado agnosticismo en algunos de quienes se confesaban pertenecientes a la comunidad católica vaticana. Como si en su profesión de fe se hallase inscrita la necesidad de no ahondar en estas cuestiones relativas a nuestra posible supervivencia tras la muerte.
Al final sólo se hablaba de este tema. La cena circuló a través de un interesantísimo cruce de argumentos, algunos basados en la extrapolación de teorías científicas actualmente vigentes, otros cifrados en la interpretación de pasajes de la literatura cristiana, especialmente del Nuevo Testamento.
Fue una cena con una conversación apasionante. En lugar de hablar de temas contingentes se hablaba de Darwin, de la teoría del Big Bang, del Apocalipsis de Juan de Éfeso, del descenso de Jesucristo a los infiernos, o de las cartas de Pablo. O bien de la teoría oriental de la trasmigración de las almas. O del nirvana budista.
Estas fiestas son, sobre todo, una cita anual para revisar nuestras propias convicciones sobre ese asunto que nos atañe e importa como ninguno. Se celebra con la Navidad el don de existir, el milagro del nacimiento (y del renacimiento). Como sabía Franz Liszt, la tumba es quizás la cuna de una vida futura. Es suya la siguiente frase hermosa: «Nuestras vidas son preludios; preludios de una desconocida canción cuya primera nota es la muerte». Liszt encabezó su referencia a un poema de Lamartine, en uno de sus más conocidos poemas sinfónicos, con esta memorable definición.
Propongo a todos los que se den cita en estas fiestas familiares una conversación a fondo sobre temas religiosos y escatológicos. Pueden generarse reveladores esclarecimientos sobre el tema que más debería importarnos a todos, por mucho que desconcierte a la mayoría. Un tema sobre el que la ciencia no tiene legislación alguna, aunque algunos falsos divulgadores se empeñen en decirnos, en sus burdas homilías, que la ciencia abona la idea de que con la muerte termina nuestra vida. Es importante no hacer decir a la ciencia lo que no está en condiciones de afirmar.
Mi respeto por agnósticos y ateos es grande siempre que sustenten sus creencias (o sus suspensiones de juicio) en una sólida argumentación. También lo es en relación con quienes forman parte de una confesión, o de una comunidad de culto, siempre que lo sean de manera responsable.
Lo que se llama fe y creencia, como sabían los romanos, tiene siempre el sentido de la confianza. Yo, por mi parte, confío, en términos luteranos, en ciertas escrituras cuyo sentido, cada vez que se acerca la fecha de cambio de año, se me ilumina: textos de los Salmos, de Isaías, de Pablo, de Mateo, del Discípulo Amado, de Juan de Éfeso. Cada año que pasa me siento más confiado en esas escrituras sagradas.
Pero lo que me ha reforzado esa confianza ha sido, sin duda, mi dedicación, durante más de cinco años, a una personal interpretación de los argumentos musicales. Para mí la música es mucho más que arte; o es arte sagrado, como dice el compositor Flammant en la inmensa ópera testamentaria Capriccio de Richard Strauss. La música es mi materia revelada. La compañía de compositores ha sido para mí el mejor camino para vivir una suerte de poética de la conversión, en registro filosófico y religioso, y sobre todo en vena existencial y vital, en línea semejante a la vivida en su día por gloriosos antepasados respecto a los cuales soy el más modesto y tardío de los seguidores: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Dante Alighieri, Francisco de Asís, Juan Sebastián Bach, Antón Bruckner, Gustav Mahler, Arnold Schönberg.
El problema de Dios constituye una inferencia de la cuestión, existencialmente más acuciante, relativa a la posible forma de vida que puede postularse tras la muerte, en la modalidad oriental, cristiana, judía o islámica. O, por el contrario, a la extinción de la vida personal en una Nada absoluta sin remisión (al estilo del «creo en un Dios cruel» de la inmensa aria de Yago en la ópera de Arrigo Boito y Giuseppe Verdi).
En este punto tenía razón Unamuno, el más hondo de nuestros pensadores, que, sin embargo, extremó hasta el absurdo la contraposición entre razón y corazón, sin reconocer una suerte de razón fronteriza que sirviera de mediación. Advirtió con insólita lucidez que la verdadera cuestión filosófica y teológica es la relativa a lo que sucede en y después de la muerte. El tema de Dios es una importantísima derivación de un asunto existencial de inmenso calado. En él se decide quizás el sentido de nuestra vida.

diciembre 18, 2006

¿ES DIOS UN ACCIDENTE?

¿Es Dios un accidente?

Dadas las fechas en las que nos encontramos, esta pregunta podrá considerarse por algunos como bastante irrespetuosa (y hasta herética). Otros, sin embargo, la considerarán muy oportuna. Entre estos últimos se encuentra seguramente Paul Bloom, profesor de psicología y lingüística en la Universidad de Yale, y autor del artículo Is God an accident? (publicado en el magazín The Atlantic Monthly). El artículo aborda, desde el punto de vista de la psicología cognitiva, el análisis de la naturaleza de las religiones, interesándose principalmente por la pregunta: ¿en qué consiste la creencia en lo sobrenatural? La tesis que mantiene está en consonancia con los fundamentos que inspiran esta bitácora, a saber, que la creencia en lo sobrenatural (en Dios) es el resultado de la actividad de nuestro cerebro. Básicamente, Bloom considera que una de las consecuencias de la evolución del cerebro humano es la predisposición a ser dualistas y creacionistas. Lo cual no quiere decir que ser dualistas y creacionistas tenga un valor adaptativo, sino que se tratan de subproductos (podría leerse también como pechinas a lo Jay Gould) de la evolución de dos procesos cognitivos fundamentales: el procesamiento independiente del mundo físico y del mundo social, y la búsqueda constante de causas y efectos. La segunda tesis del artículo es, por tanto, que “la religión no emerge para servir a un propósito sino por accidente”. Esta es la tesis que mantiene entre otros Richard Dawkins en su artículo What use is religion? (publicado en Free Inquiry). Dawkins considera que la pregunta en términos evolutivos acerca de la religión no sería “¿Cuál es el valor de supervivencia de la religión?” sino “¿Cuál es el valor de supervivencia tanto de una conducta individual o característica psicológica no especificada todavía, que se manifiesta, bajo circunstancias apropiadas, como de la religión?”. Bloom intenta en su artículo dar una respuesta parcial a esta segunda pregunta al identificar las funciones neuropsicológicas seleccionadas por su valor adaptativo que en determinadas circunstancias derivan en la creencia en lo sobrenatural. Sin embargo, esta no es una posición consensuada. Baste sólo como ejemplo el comentario del artículo que hace Bob Myers hace en su bitácora Numenware: “Si la creencia en Dios es una pechina (accidente) y es un despilfarro de energía para las especies [como sostiene Dawkins], debería haberse deseleccionado, pero no es eso lo que ha ocurrido. ¿Por qué? ¿O hay ventajas evolutivas para la creencia en lo sobrenatural? Si es así, la historia no está completa hasta que no se identifiquen [dichas ventajas].”
Una conclusión que se deriva necesariamente de los argumentos planteados en el artículo de Bloom es que Dios (lo sobrenatural) no existe más que como actividad de nuestro cerebro. Pero esta conclusión no es tan necesaria ni obvia desde el punto de vista del creyente. Como ejemplo, el artículo de Bloom generó un intenso debate en una bitácora de un defensor del “diseño inteligente” cuya premisa es que “la ciencia no puede probar la existencia o no existencia de Dios” ( argumento que es, básicamente, una falacia). En fin, no sabemos cual pudiera ser el valor evolutivo de la creencia en Dios, si es que lo tiene, pero está claro que es un fenómeno psicológico que afecta profundamente el razonamiento del individuo.